La cara de asombro de un adolescente cuando escucha la historia de cómo se marcaba un número telefónico en los años 80 es comprensible, ya que ellos entran en una especie de desesperación al no entender cómo podíamos esperar que cada número discado terminara de girar antes de discar el siguiente. Una persona tardaba cerca de 12 segundos solo en marcar un número de teléfono completo. Su asombro crece más cuando te preguntan cómo hacías para recordar todos los números de tus contactos, si hoy en día ellos no acuerdan ni el suyo.
Cuando Google aparece en 1998, paulatinamente fue desplazando a los demás buscadores de la red para luego convertirse en la ayuda indispensable de millones de personas que buscaban todo tipo de información y respuestas a cualquier tema. Esas largas horas y días que se pasaban en las bibliotecas, buscando información para clasificarla e iniciar una investigación, una monografía o un ensayo, comenzaron a convertirse en minutos. Se facilitó el inicio de cualquier trabajo académico, marcando de esta manera el camino para la nueva sociedad de la inmediatez.
La suplantación del diálogo personal por la escritura, a través de las redes sociales, ha cambiado la forma de comunicarse, dejando de lado la exquisitez del encuentro: estar cerca de alguien y apreciar lo que te rodea, mirar a los ojos y observar la gestualidad para percibir cómo se siente la otra persona. El texteo ha hecho creer a las personas (no solo adolescentes) que dialogar es escribir unas cuantas palabras junto a algún emoticono de adorno, reemplazando los encuentros o un caluroso abrazo por fríos mensajes. ¿Para qué perder tiempo en visitar o llamar si puedo mandar un mensaje instantáneo? Es más fácil e inmediato un mensaje con tu icono de torta para saludar a alguien por su cumpleaños que una llamada telefónica.
La exigencia impuesta por la sociedad en diferentes contextos, te pide estar pendiente de tu dispositivo móvil como si este fuera una continuación o implante de tu cuerpo, para tener que responder mensajes de manera inmediata como si fuera una obligación hacerlo. Pero, ¿hay alguna norma que te obligue a ello? ¿O somos nosotros quienes nos colocamos un grillete de dependencia con los dispositivos móviles, en una especie de autoesclavitud virtual sin cadenas?
El tiempo es inexorable, no tiene piedad y simplemente avanza. No espera, no es un amigo al que le puedes decir: «Me esperas un rato, ya vuelvo». El tiempo pasa por encima de todos y no cree en nadie. La cantidad de tiempo que perdemos viendo contenido en nuestro dispositivo es terrorífica. Ignoramos lo que nos rodea, no apreciamos lo que ocurre frente a nuestros ojos y preferimos ver lo mismo a través de la pantalla de un celular. ¿Será que no queremos perder el tiempo descubriendo y admirando lo que encontramos en nuestro camino y preferimos consumir aquello que las pantallas nos ofrecen ya preparado?
La aparición de la IA en el contexto mundial ha marcado una preocupante agudización de la inmediatez. Esta realidad está haciendo que comencemos a prescindir de diferentes aspectos que antes eran parte de nuestro desarrollo y que ahora estamos perdiendo, como la argumentación, el razonamiento, la abstracción, el análisis y diferentes capacidades intelectuales que dejamos de lado al momento de consultar todo a la IA para que simplemente tomemos su respuesta y la usemos. La inmediatez gana terreno y nos sentimos complacidos frente a la confianza que depositamos en los algoritmos.
La IA está tomando de manera muy rápida el control de las decisiones humanas en diferentes ámbitos, se está convirtiendo en un experto más, junto a personas que investigan y deliberan. En el campo educativo, por ejemplo, la Analítica del Aprendizaje tiene una aplicación interesante para conocer y anticipar los errores de los alumnos, identificar su tendencia académica o prever su deserción, entre muchas otras actividades. Por tanto, estamos cerca de que un sistema experto pueda tomar decisiones sobre el perfil académico de un alumno, recomendar asignaturas o futuras carreras a seguir. Sin embargo, se estarían dejando de lado diferentes aspectos humanos que pueden influir en esa información y que la IA no puede tomar en cuenta, lo que podría conducir a decisiones erradas de manera inmediata, sin evaluar un contexto que sí sería considerado por una persona.
Es necesario pensar que la inmediatez que nos brinda la tecnología, apoyada en gran parte por la IA, no puede reemplazar ni prescindir del ingrediente humano, que permite que no se deshumanicen diferentes aspectos de nuestra vida. Usemos la tecnología como un medio y no como un fin para evitar prescindir de diferentes aspectos propios del ser humano.