En 1999, el histórico informe To Err is Human reveló una cifra alarmante: entre 44 000 y 98 000 personas morían cada año en hospitales por errores médicos prevenibles. Más preocupante aún fue descubrir que muchos de esos errores no se debían únicamente a falta de conocimiento técnico, sino también a problemas de comunicación, coordinación y trabajo en equipo.
Han pasado más de dos décadas y la pregunta sigue siendo incómodamente actual: ¿estamos formando profesionales verdaderamente capaces de trabajar juntos?
Tradicionalmente, las carreras de salud han educado a sus estudiantes de manera separada. Medicina por un lado; enfermería por otro; obstetricia, psicología, nutrición o farmacia siguen caminos distintos. Sin embargo, los pacientes nunca son atendidos por profesiones aisladas, sino por equipos.
En este punto aparece una distinción que solemos confundir: tal como señala el Manual de Educación Interprofesional Sanitaria, existen diferencias importantes entre lo multiprofesional, lo interdisciplinar, lo transprofesional y lo interprofesional. En algunos modelos, distintas profesiones o disciplinas participan, pero trabajan de manera paralela y con funciones independientes; en otros, la colaboración se extiende a actores no pertenecientes al ámbito de la salud y a miembros de la comunidad. Sin embargo, la educación interprofesional va un paso más allá: busca que dos o más profesiones aprendan, trabajen e interactúen juntas, compartiendo decisiones y responsabilidades para ofrecer una atención más segura, coordinada y humana.
La simulación clínica aparece entonces como un puente entre la universidad y la realidad.
La Society for Simulation in Healthcare define la simulación como una estrategia educativa que replica situaciones de la vida real para favorecer el aprendizaje en entornos seguros. En otras palabras, permite equivocarse sin poner en riesgo a un paciente real.
Sin embargo, hoy la simulación ya no enseña solo procedimientos técnicos; también permite entrenar liderazgo, comunicación, toma de decisiones, manejo del estrés y coordinación entre profesionales. De allí nacen programas como el Crisis Resource Management (CRM), inspirado originalmente en la aviación y adaptado luego al ámbito sanitario para disminuir errores humanos en situaciones críticas.
Un estudio reciente de la Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias mostró que la simulación interprofesional de alta fidelidad fortalece habilidades esenciales como la comunicación, el liderazgo, el trabajo colaborativo y la capacidad de responder bajo presión en estudiantes de ciencias de la salud.
Y quizá allí esté uno de los mayores desafíos del futuro: entender que un gran profesional, trabajando de forma aislada, puede fracasar dentro de un equipo que no sabe comunicarse.
Hoy ya no basta con formar profesionales brillantes de forma individual. La salud moderna exige colaboración, escucha, confianza y capacidad de coordinar bajo presión. Exige comprender que cuidar a un paciente también significa aprender a trabajar con otros, compartir opiniones y decidir juntos.
Universitas 2026 nos invitó a pensar nuestras raíces y nuestro futuro. Tal vez una de las raíces más profundas de la universidad sea, precisamente, formar personas capaces de cuidar y servir a los demás desde el trabajo compartido y no desde el aislamiento profesional.
Porque el futuro de la salud no dependerá únicamente de la tecnología más avanzada, sino de nuestra capacidad de aprender juntos, reflexionar sobre el error en espacios seguros como los centros de simulación y construir, desde allí, una atención más humana en la vida real.