—¿Qué estás haciendo, abuelita?
—Estoy descosiendo esta parte de tu chompa.
—¿Por qué? La vas a arruinar.
Ella soltó una risa suave mientras seguía moviendo la aguja entre la lana. —No la arruinaré. Solo usaré esto para arreglar lo que hice mal.
—Pero ya casi terminas. Pensé que cuando uno crecía hacía las cosas bien. Su abuela levantó la mirada y sonrió como si la pregunta le causara ternura.
—Nunca se es demasiado grande para equivocarse… ni demasiado tarde para arreglar aquello en lo que nos equivocamos.
…
Gabriel despertó sobresaltado. Hacía mucho tiempo que no soñaba con ella.
Pero aún podía recordar… Aún podía recordar el sonido metálico de las agujas chocando, el olor de su cocina y la calidez de aquella casa, de aquella ciudad y de aquel país que había abandonado seis años atrás.
Tenía diecisiete cuando se marchó.
Una beca en una de las universidades más prestigiosas del mundo parecía una oportunidad demasiado importante como para rechazarla, incluso si eso significaba dejar atrás a María, su awicha, la mujer que lo había criado y amado prácticamente toda su vida.
Ella nunca intentó detenerlo.
“Wawito, los sueños también necesitan de un poquito de valor”, le había dicho mientras acomodaba por última vez el cuello de su chompa antes de despedirse en el aeropuerto.
Gabriel se incorporó lentamente en la cama. Era uno de los últimos días de clases, por fin estaba a punto de graduarse.
Su teléfono sonó.
—Gabe, hermano, te estamos esperando en el auditorio. Pero Mr. Jacobs vino a buscarte hace un momento, así que pasa por su oficina primero —dijo John al otro lado de la línea.
—Ya estoy estacionando, llego en cinco.
Colgó.
No era tarde, y el señor Jacobs raramente abandonaba su oficina. Aún más raro era que quisiera hablar con él.
Tocó la puerta tan pronto llegó, después siguió un “adelante” y “toma asiento”. Lo encontró sonriendo al otro lado del escritorio. Qué hombre extraño.
—Geibel, te estaba buscando —dijo, pronunciando sin un mínimo de esfuerzo su nombre. Ya estaba acostumbrado.
Asintió en silencio.
—Tengo grandes noticias. Estuve hablando con todo el equipo de relaciones públicas y todos coincidimos en que eres el hombre perfecto para dar el discurso sobre identidad en la ceremonia de graduación. Claro, después del cuadro de honor… pero esos son detalles.
Por un momento no supo qué responder.
—Estás emocionado, ¿verdad? Es un gran honor —añadió cuando el silencio comenzó a volverse incómodo.
—Sí, señor. Claro —respondió tan pronto como sintió su voz regresar—. Bien. Entonces está dicho.
Se puso de pie, siguió su movimiento y estrechó su mano. La conversación había terminado. Ya estaba por salir cuando volvió a hablar.
—Hijo, intenta que sea inspirador y todo eso. Ya sabes, por tu… origen. Llegaste lejos, chico.
Sonrió antes de volver a los papeles sobre su escritorio.
Gabriel ni siquiera sabía que ese discurso existía, aunque no le extrañaba. No importaba cuánto se esforzara, todos estaban obsesionados con recordarle de dónde venía, como el señor Jacobs.
Sabía que aquel comentario no había sido dicho con crueldad, pero quizá eso era lo peor. Al parecer, había una especie de admiración incómoda en su voz, como si la presencia de Gabriel allí siguiera siendo algo improbable. Como si hubiera salido de un lugar que debía agradecer haber dejado atrás.
Nunca faltaban los comentarios disfrazados de curiosidad.
—¿Gabriel? ¿Cómo se pronuncia eso?
—¿Perú? ¿Qué tan lejos está eso?
—No pareces.
—Tu inglés es sorprendentemente bueno.
Gabriel, por primera vez, se permitió admitir aquello que llevaba años evitando.
Al principio corregía a las personas cuando pronunciaban mal su nombre. Después se convenció a sí mismo de que era agotador, así que decidió que “Gabe” era más sencillo. Más limpio. Más fácil de pronunciar en bocas ajenas. Más normal.
Luego, creyó que todo sería más fácil si dejaba de decir que era peruano, porque “peruano” siempre venía acompañado de otra cosa: una broma, una mirada curiosa, o explicaciones
que rara vez entendían, así que “latino” se convirtió en una respuesta más fácil. Después de todo no era mentira, ¿cierto?
Su acento desapareció y con él algunas palabras en español. Después, las llamadas a casa comenzaron a espaciarse tanto que María terminó aprendiendo a despedirse rápido.
Y aunque no quería pensar en eso, era inevitable reconocer que había momentos en los que deseaba haber nacido en cualquier otro lugar.
¿Cómo podían pedirle a él un discurso sobre identidad, cuando esta había desaparecido hacía ya tanto tiempo? En una búsqueda de alejarse de estereotipos y miradas indiscretas, había dejado partes de sí mismo en el camino, creyendo que así sería más fácil encajar en su mundo.
¿Cómo pedirle eso cuando lo único que parecía quedarle de él mismo y de su hogar, era la sonrisa de su abuela, esa que cada día sentía estar traicionando un poco más?
Esa noche, frente a una pantalla en blanco, escribió y borró durante horas. No importaba cuánto lo intentara, nada sonaba sincero. Nada sonaba a él.
Entonces recordó a María.
“Nunca se es demasiado grande para arreglar aquello en lo que nos equivocamos”. Sin pensarlo, las palabras brotaron.
“Mi nombre es Gabriel, y hoy quiero hablarles de mi awicha…”
Esa misma noche, compró un pasaje a Perú. Viajaba dos días después de la graduación. Ya había estado mucho tiempo lejos de casa.