Con la proclamación de Keiko Fujimori como presidenta electa del Perú por parte del JNE, se cierra un largo ciclo político y comienza otro. Durante quince años fue el principal rostro de la oposición; ahora deberá demostrar que la capacidad para disputar el poder puede transformarse en capacidad para ejercerlo.
Su llegada a Palacio de Gobierno también tiene un significado histórico. Se convierte en la tercera hija de un expresidente en alcanzar la jefatura del Estado, después de Mariano Ignacio Prado Ugarteche —hijo de Mariano Ignacio Prado Ochoa— y José Pardo y Barreda —hijo de Manuel Pardo—, con lo que prolonga una de las escasas dinastías políticas que ha conocido la República.
Pero el simbolismo pronto dará paso a la gestión. El primer desafío será construir una mayoría funcional en el Congreso, indispensable para impulsar reformas y garantizar la gobernabilidad. Ello exigirá un presidente del Consejo de Ministros con capacidad de negociación, aceptado tanto por las bases de Fuerza Popular como por sus potenciales aliados. El gabinete, además de solvencia técnica, deberá contar con peso político y capacidad de interlocución con los gobiernos regionales y locales.
El contexto económico ofrece una oportunidad poco frecuente. Las perspectivas de crecimiento son favorables y podrían traducirse en mayor inversión y empleo. Sin embargo, los problemas más urgentes siguen concentrados en el Estado. Petro-Perú continúa representando un riesgo fiscal tras las pérdidas reveladas por la auditoría de PwC; prolongar su rescate comprometería recursos destinados a infraestructura, salud y educación.
La situación financiera de EsSalud tampoco admite postergaciones. A ello se suma una amenaza inmediata: la posible llegada de un fenómeno de El Niño de fuerte intensidad. No es un desafío menor.
La campaña terminó. Ahora comienza el verdadero examen: convertir el capital político de la victoria en resultados concretos para un país que ha perdido la paciencia con las promesas.