¿Celulares antes de los dos años?: lo que todo padre debería saber

Escrito por Encuentro
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Mónica Sánchez SanssoniDocente del Departamento de Educación de la Universidad Católica San Pablo

Todos hemos visto alguna vez esta escena: en un restaurante, una familia comparte el almuerzo. Los adultos conversan, mientras un niño pequeño permanece sentado observando atentamente la pantalla de un teléfono celular o una tablet. No llora, no se mueve y parece completamente cautivado. Los padres sienten tranquilidad y disfrutan el momento: pueden conversar y almorzar sin interrupciones .Pero detrás de esa imagen tan común surge una pregunta importante: ¿qué está dejando de experimentar ese niño mientras usa un dispositivo electrónico?

Tal vez está perdiendo la oportunidad de observar las expresiones de sus padres, escuchar nuevas palabras, descubrir los sonidos del entorno, interactuar con otras personas o simplemente maravillarse con lo que sucede a su alrededor. En los primeros años de vida, estas experiencias tienen un valor incalculable.

Actualmente, los dispositivos electrónicos forman parte de nuestro día a día. Por ello, muchos padres consideran natural que los niños pequeños los utilicen. Sin embargo, diversas organizaciones especializadas en salud infantil, entre ellas la Academia Americana de Pediatría, recomiendan evitar esa exposición habitual durante los primeros dos años de vida, ya que el aprendizaje en esta etapa ocurre principalmente a través de la interacción con las personas y el entorno.

La educadora e investigadora Catherine L’Ecuyer, autora de Educar en el Asombro, sostiene que los niños aprenden fundamentalmente mediante la experiencia con la realidad. El movimiento, el juego libre, la exploración, la conversación y el vínculo con las personas constituyen los verdaderos motores para su desarrollo.

Esta idea encuentra un sólido fundamento en el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, quien sostiene que el conocimiento humano comienza por los sentidos. Antes de comprender conceptos abstractos, el niño necesita ver, escuchar, tocar, oler y experimentar la realidad. En otras palabras, necesita encontrarse con el mundo para poder conocerlo.

Una de las tareas más importantes de la infancia es aprender a contemplar. Contemplar no significa simplemente mirar, sino observar con atención y maravillarse ante aquello que se descubre. Un niño contempla cuando observa una mariposa, escucha la lluvia, el sonido del río, explora un jardín o escucha un cuento narrado por sus padres. Es ahí donde desarrolla su atención, su lenguaje, su curiosidad y las bases de su pensamiento.

Los celulares u otros dispositivos electrónicos ofrecen estímulos rápidos y cambiantes, diseñados para captar la atención de forma inmediata. El riesgo no radica únicamente en la tecnología, sino en que esta pueda sustituir experiencias esenciales para el desarrollo durante una etapa especialmente sensible.

Esto no significa que la tecnología sea enemiga de la infancia. Los niños vivirán en un mundo digital y necesitarán aprender a utilizarla de manera responsable. El desafío no consiste en rechazarla, sino en respetar los tiempos del desarrollo infantil. Durante los primeros años, los niños necesitan el contacto humano, el juego libre, el movimiento, la lectura compartida y las experiencias reales.

La verdadera pregunta es si les estamos dando el tiempo necesario para desarrollar aquello que ninguna tecnología podrá reemplazar: la capacidad de asombrarse, contemplar, pensar y amar la realidad. Antes de enseñarles a navegar por el mundo digital, ayudémoslos a descubrir el mundo real. Porque los recuerdos más valiosos de la infancia no se guardan en una pantalla, sino en las experiencias vividas en familia y guardadas en el corazón.

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