La ocurrencia de casos de violencia escolar constituye un riesgo que puede estar presente en cualquier institución educativa del país y pone en evidencia un síntoma de que algo está fallando en la sociedad.
Este problema, en opinión de la psicóloga Elva Franco Delgado, debe entenderse como un fenómeno multifactorial en el que intervienen aspectos familiares, escolares y sociales.
A nivel del hogar, explica, cuando se debilitan los vínculos familiares, se normalizan las conductas agresivas o se dejan de lado valores fundamentales como el respeto, la empatía y la responsabilidad, aumentan las condiciones que pueden favorecer situaciones de violencia.
“Estamos hablando de una sociedad que, en determinados contextos, puede perder los referentes de convivencia, cuidado y respeto por el otro”, advierte. Por ello, cuando predominan criterios de supervivencia y competencia, puede instalarse la idea de que “el más fuerte” tiene derecho a imponerse sobre los demás.
Estas situaciones, analizadas desde la psicología, permiten comprender cómo la violencia puede llegar a normalizarse: no surge únicamente de las características individuales de una persona, sino también de los modelos de relación que una sociedad transmite, tolera o reproduce.
“Por eso, prevenir la violencia escolar implica no solo intervenir cuando ocurre una agresión, sino también construir desde la familia, la escuela y la comunidad formas de convivencia basadas en el respeto, la empatía, la regulación emocional y la resolución pacífica de los conflictos”, recomendó.
Las cifras permiten dimensionar el problema en Arequipa. Entre marzo y agosto de este año, el portal SíseVe del Ministerio de Educación registró 730 casos de violencia escolar en esta región. El 49.8 % fue de tipo psicológico; el 35.2 %, físico; y el 15 % (110), sexual.
Según Elva Franco, se han normalizado distintas expresiones de violencia en nuestra vida cotidiana: los insultos como forma de comunicarnos, los gritos para imponernos, las amenazas para conseguir lo que queremos, las burlas para descalificar al otro, la agresividad al conducir o incluso la idea de responder con violencia como una forma válida para defendernos.

En cuanto a las medidas de prevención, la respuesta no debería darse cuando la agresión ya ocurrió. La también docente del Departamento de Psicología de la Universidad Católica San Pablo, sostiene que la prevención debe formar parte de la vida cotidiana del colegio y no reducirse a actividades aisladas como charlas a padres de familia o estudiantes.
“La prevención se debe constituir a través de programas de formación en valores, de habilidades sociales y de educación de la sexualidad. Programas que tienen que ser permanentes en el tiempo y de acuerdo a la etapa del desarrollo del estudiante”, señala Elva Franco.
Tampoco basta con tener reglamentos. Las normas, explica, cobran sentido cuando los estudiantes comprenden para qué existen y las incorporan a sus relaciones diarias. “No basta con un manual de normas de conducta. Tenemos que hacerlas vivas”, afirma.
Cuando la violencia ya ocurrió, la intervención debe ser rápida. Franco considera necesarios protocolos claros que establezcan acciones concretas y eviten interpretaciones particulares. La atención debe alcanzar tanto a la víctima como al agresor.
La respuesta frente a la violencia escolar tampoco termina en la institución educativa. Franco aclara que si la gravedad del caso lo requiere, es fundamental que los ministerios de Educación y Salud, junto a la Policía y el sistema de Justicia intervengan de forma articulada y evitando que cada institución actúe de forma aislada.
Elva Franco sostiene la formación familiar, la respuesta de los colegios y una prevención sostenida son elementos clave para evitar que las agresiones escalen.
La familia ocupa un lugar central en este análisis. Elva Franco considera que en los últimos años se ha reducido la presencia y el compromiso educativo de los padres, aunque precisa que esta apreciación no parte de cifras específicas.
La familia, detalla, no es el único factor que influye en el comportamiento de los hijos, pero sí cumple un papel fundamental en la construcción de modelos de convivencia que posteriormente pueden trasladarse a otros espacios, como la escuela y la sociedad.
“Los padres y cuidadores constituyen uno de los primeros referentes para el aprendizaje de formas de relacionarse, resolver conflictos y expresar las emociones”, sostiene.
Por ello, plantea que la relación familiar debe construirse sobre la confianza, la comunicación y el respeto. Según explica, un entorno familiar donde los adolescentes se sienten escuchados y acompañados favorece el desarrollo de habilidades para establecer relaciones saludables y afrontar los conflictos sin recurrir a la violencia.
De los 730 casos de violencia escolar reportados en Arequipa entre marzo y agosto, 110 corresponden a violencia sexual. Esta cifra comprende tanto agresiones del personal educativo contra estudiantes como hechos ocurridos entre los propios escolares.
Si se considera solo la violencia sexual entre escolares, hasta el 31 de agosto, el portal SíseVe registró 84 casos. De ellos, siete correspondieron a violación sexual: seis en secundaria y uno en primaria.
Durante el año 2025 se reportaron 68 casos de violencia sexual entre escolares. De ellos, 17 fueron casos de violación sexual: 14 en secundaria, dos en primaria y uno en especial inicial. En 2024 se registraron 16 casos de violación sexual entre estudiantes, todos ocurridos en secundaria.

La prevención también alcanza a la educación de la sexualidad. Según Franco, esta debe ser integral, científica y adecuada a cada etapa del desarrollo. No debería comenzar recién en la adolescencia, sino acompañar de forma progresiva la formación de la persona.
Ese aprendizaje implica enseñar a los adolescentes a reconocer y expresar sus propios límites. Franco sostiene que deben desarrollar la capacidad de decir “no” cuando una situación les resulta incómoda o si no desean participar en ella, así como aprender a respetar el “no” de los demás.
“Una relación de pareja no otorga derechos sobre el cuerpo, las decisiones ni la voluntad de la otra persona”, afirma. Desde esta perspectiva, la educación de la sexualidad también cumple una función preventiva frente a distintas formas de violencia, porque ayuda a los adolescentes a valorar el consentimiento, reconocer conductas de control o presión y construir relaciones basadas en el respeto, la autonomía y la igualdad.