El desarrollo de la tecnología: fuente de temores y esperanzas

Escrito por Encuentro
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Jorge Pacheco TejadaProfesor emérito de la Universidad Católica San Pablo

Hace pocos días, tuve la dicha de participar en un conversatorio muy interesante y orientador. El ponente fue el sacerdote jesuita Jorge Carlos Beneito, quien, en sus más de 80 años, dio una  muestra no solo de lucidez intelectual, sino de una notable capacidad para mantenerse actualizado frente a los grandes desafíos que enfrenta el ser humano.

La pregunta: “¿Quo vadis humanitas?”, de la que partió Jorge Beneito, denota una clara preocupación por la relación entre la tecnología y la antropología. Ello obedece a que la tecnología tiene claras e importantes consecuencias personales, sociales y antropológicas.

El punto de partida es reconocer que el ser humano es un ser inteligente, pero con múltiples carencias, por lo que es un ser de necesidades que, a lo largo de más de 80 000 años, se ha visto obligado a construir una “tecnología de punta”, siempre en busca de soluciones para sus múltiples necesidades. Cada vez que aporta una solución nueva, siente una mezcla de orgullo y temor, lo que revela su permanente necesidad de adaptarse a lo nuevo.

Remontándonos en el tiempo, podríamos decir que el “proyecto fuego” ha sido históricamente una de las primeras soluciones tecnológicas de su genio creativo. Y así, a través de la historia, fueron emergiendo otros proyectos, como el de la “rueda”, la “chalupa”, la “imprenta”, el “microscopio”, el “avión”, la “computadora”, el “celular”, y lo último: la “inteligencia artificial”.

Cada uno de esos inventos tecnológicos —insisto, expresión del genio creativo humano— es ambiguo desde la perspectiva de su utilidad. Podríamos aplicarles, en ese sentido, la lógica de “lo bueno, lo malo y lo feo”. Por eso, uno de los primeros aprendizajes frente a cualquier nueva tecnología consiste en distinguir, con claridad, qué problema ayuda a resolver y cuáles son los riesgos que puede generar, de una u otra manera, en la convivencia, la seguridad y el desarrollo integral del ser humano. De qué forma puede afectar, para bien o para mal, nuestras convicciones más profundas: la libertad, la racionalidad y la afectividad.

Hoy, ciertamente, a nadie se le ocurriría prescindir de las computadoras o de los celulares, pero igualmente sabemos que un uso indiscriminado y falto de ética acarrea serias dificultades en la convivencia, en la credibilidad y en nuestra propia identidad.

Una reflexión profunda sobre el vínculo entre la “humanidad” y los desafíos de la era digital, permitirá ver el futuro desde raíces sólidas, en una perspectiva de auténtica esperanza. Sabemos que, en el momento presente, la civilización atraviesa una transición de proporciones antropológicas sin precedentes, impulsada por el desarrollo vertiginoso de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC). Éstas han facilitado: el acceso democratizado a volúmenes insospechados de información, nuevas posibilidades de comunicación y colaboración global, y la democratización del conocimiento especializado. Sin embargo, su uso acrítico también genera efectos preocupantes: un aumento palpable de la deshumanización social, el aislamiento bajo la dictadura de las pantallas múltiples y la sustitución de la presencia humana en lugar de su complementación.

Ya Guardini advertía sobre el nacimiento de una nueva cultura de carácter predominantemente técnico y científico, que amenazaba con eclipsar las formas más profundas y contemplativas de la comprensión humana.

La tecnología, analizada desde su esencia filosófica, es producto legítimo de la inteligencia y la racionalidad humana; constituye un don formidable que, rectamente utilizado, posee el potencial de facilitar un progreso y un bienestar inmensos para la familia humana.

Para ello, no puede descuidar en absoluto su componente ético. En ese sentido, la educación está llamada a afrontar ese reto.

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