Cada noche y cada madrugada (cuento)

Escrito por Encuentro
Esta imagen es una recreación del cuento elaborada por I.A.
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Paul Zavaleta HuarachiEstudiante del Departamento de Derecho y Ciencia Política de la Universidad Católica San Pablo

Aquellas mañanas donde cuesta respirar, suelo escuchar los cánticos de un mirlo. Nunca le presté demasiada atención.

¿Debería hacerlo? Quizá sí. Hace las madrugadas un poco más amenas.

Supongo que uno deja de prestar atención a las cosas pequeñas cuando siente que todos los días son iguales.

En estado de trance, me pregunto cuánto tiempo más me queda por dormir. Da igual. Tengo que trabajar.

La Ciudad de Sillar siempre me pareció demasiado quieta.

No importa cuánta gente llene las calles o cuántas combis hagan temblar las avenidas del centro, todo termina sintiéndose igual. Como si la ciudad repitiera el mismo día una y otra vez y yo estuviera atrapado en medio de él.

Trabajaba en una oficina antigua cerca de la Plaza de Armas. Cuarto piso. Ventanas  pequeñas. Ventiladores que apenas funcionaban. Mi trabajo consistía en revisar documentos y evitar quedarme dormido frente a una computadora.

Por eso tomaba tanto café. En algún momento, aquel amargor empezó a saber dulce.

A veces creo que el café no me mantenía despierto; solo me daba la ilusión de seguir funcionando.

Todas las mañanas caminaba por las calles blancas del centro sosteniendo un vaso  caliente entre las manos y pensando exactamente lo mismo:

“Ojalá hoy pase algo distinto”.

Nunca pasaba.

Y aun así, cada noche volvía a intentarlo.

Llegaba a mi departamento y me sentaba frente a un documento vacío con la absurda idea de escribir algo maravilloso. Una novela, quizá. O un cuento tan bueno que hiciera sentir a alguien lo mismo que yo había sentido de niño, cuando leía escondido bajo las sábanas.

Pero las palabras nunca salían.

O cuando salían, todo sonaba artificial.

Por cada veinte palabras, borraba veintiuna.

Y poco a poco empecé a creer algo horrible:

Quizá las personas aburridas no podían crear cosas maravillosas.

¿Cómo escribir sobre la belleza cuando tu vida se resume en trabajar y volver cansado a casa?

A veces extrañaba muchísimo mi infancia.

Cuando las cosas más pequeñas parecían enormes.

Una tormenta era una aventura. Un ruido extraño en la noche era un misterio. Hasta una  piedra con forma rara podía alegrarme toda la semana.

Supongo que ahora encuentro la explicación para todo.

Y las explicaciones vuelven pequeño el mundo.

Una noche llegué especialmente cansado. Dejé el vaso de café sobre la mesa del balcón y me quedé mirando las luces lejanas de la ciudad.

Entonces escuché un pequeño golpe metálico.

Toc.

Había un mirlo sobre la baranda.

¿Será este el gran cantante? Me pregunté.

Pequeño. Negro. Pico amarillo. Mirándome fijamente como si hubiera estado  esperándome.

Sé que suena ridículo, pero hubo algo extraño en ese momento. Como si el mundo,  después de muchísimo tiempo, acabara de hacer algo inesperado frente a mí.

—Hola… —murmuré.

—Eres bien bonito, pero mentiroso.

El mirlo inclinó apenas la cabeza.

—Supongo que no lo entiendes.

Sea como fuere, aquella noche ese pequeño pájaro me hizo sonreír. Volvió la noche siguiente.

Y la siguiente.

Siempre aparecía al anochecer, justo cuando yo salía al balcón con mi café. Comencé a esperarlo.

No se lo dije a nadie. Sonaba estúpido.

Pero empecé a convencerme de que aquel pájaro significaba algo.

Un pequeño recordatorio de que el mundo todavía guardaba misterios, incluso para alguien como yo.

A veces le hablaba.

Le contaba sobre la oficina. Sobre el cansancio. Sobre el miedo que me daba  convertirme en una de esas personas que envejecen sin que jamás les ocurra algo  memorable.

Y lo más extraño era que, después de contarle todas esas cosas… podía escribir. De verdad escribir.

Las historias empezaron a salir solas.

Solo historias pequeñas. Sobre personas comunes intentando soportar la vida. Sobre la soledad. Sobre los pequeños momentos absurdos que hacen que un día cualquiera no se sienta completamente vacío.

Por primera vez en años, mis textos tenían algo real.

Después de un tiempo, dejó de parecerme coincidencia.

La ciudad incluso empezó a parecerme distinta.

Comencé a notar detalles que antes ignoraba: la lluvia golpeando las calles blancas, el sonido lejano de músicos tocando en alguna esquina, conversaciones extrañas en cafeterías, personas riendo solas mientras caminaban.

Era como si el mundo hubiera recuperado un poco del misterio que tenía cuando yo era  niño.

Meses después terminé finalmente un cuento del que me sentí orgulloso. Lo leí sentado en el balcón mientras el mirlo descansaba cerca de mí. —Creo que tú hiciste esto —le dije, riendo un poco.

El pájaro solo me observó.

Pero una noche dejó de aparecer.

Esperé durante horas.

Nada.

La noche siguiente tampoco vino.

Ni la siguiente.

Y aunque me daba vergüenza admitirlo, sentí un vacío extraño. Como si hubiera perdido algo importante.

Tal vez el mundo nunca perdió su misterio.

Solo tenía que prestarle atención.

Entonces me pregunté por qué aquel pequeño había venido en primer lugar. Quizá vino porque se sentía solo como yo.

Quizá vino para devolverme algo que había perdido.

O quizás… solo quizás… vino porque dejaba migajas de pan cada noche.

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