¿Es posible integrar la educación clásica con la contemporánea?

Escrito por Encuentro
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Sebastián Millán ContrerasProfesor del Departamento de Educación de la Universidad Católica San Pablo

Hay una frase que se repite en educación: “El alumno es el centro del aprendizaje”. Suena moderna, pero la idea tiene más de setecientos años. Santo Tomás de Aquino, en el De Magistro y en el De Veritate, plantea que el agente principal del aprendizaje es el estudiante, no el maestro. El que aprende es quien realiza el acto de conocer. El maestro no introduce el conocimiento desde fuera como quien llena un recipiente; ayuda al estudiante a actualizar lo que ya tiene en potencia: su capacidad natural de conocer la verdad.

Para Santo Tomás, el ser humano conoce a partir de la realidad sensible. El conocimiento comienza en los sentidos, pasa por la imaginación y llega al entendimiento, que abstrae lo universal de lo particular. La consecuencia pedagógica es enorme: si queremos que un niño comprenda las matemáticas, debemos partir de la experiencia concreta del mundo, no del manual y la definición.

Con esto, reaparece la educación clásica, la cual organizaba el saber en siete artes liberales. Las cuatro disciplinas del cuadrivium —aritmética, geometría, música y astronomía— no eran materias aisladas. Eran cuatro modos de acceder a una misma realidad: el orden matemático inscrito en las cosas. La aritmética estudiaba el número en sí mismo; la geometría, el número en el espacio; la música, el número en el tiempo; la astronomía, el número en el espacio y el tiempo a la vez. Desde una visión realista, las matemáticas no son una invención arbitraria: son el lenguaje con el que leemos la estructura de lo que existe. El cuadrivium no enseñaba matemáticas sobre el mundo. Enseñaba matemáticas desde el mundo.

Entonces, si el estudiante es el agente principal y el conocimiento parte de lo real, el método educativo debe ponerlo en contacto vivo con la realidad y darle espacio para que su inteligencia haga su trabajo. Exactamente lo que proponen las mejores didácticas contemporáneas.

Santo Tomás es claro: el maestro es causa instrumental, no principal. Ofrece signos —palabras, ejemplos, experiencias— que ayudan al estudiante a pasar de la potencia al acto. No es una preferencia pedagógica: es una consecuencia de cómo está constituida la persona humana. El aprendizaje basado en proyectos pone al niño frente a la realidad y le pide que descubra el orden que hay en ella: el camino natural del conocimiento según el realismo tomista, de lo sensible a lo inteligible. Las rutinas de pensamiento acompañan ese mismo recorrido —de los sentidos a la imaginación, de la imaginación al entendimiento— y hacen visible el paso de la potencia al acto. El trabajo colaborativo recupera la lógica de la disputatio medieval: la verdad se manifiesta a través del intercambio de razones. Y el aula invertida libera el tiempo presencial para lo que realmente exige la presencia del maestro y los compañeros: explorar, conectar, discutir, asombrarse.

La educación clásica aportó una visión: las matemáticas son el lenguaje del orden real. Santo Tomás aportó una antropología: el estudiante es una persona cuya inteligencia está naturalmente orientada a la verdad, y el maestro es quien le ayuda a recorrer ese camino. Las didácticas activas aportan el método: proyectos, rutinas, colaboración, aula invertida. No son tres tradiciones en conflicto, son tres piezas que se necesitan mutuamente. La pregunta no es si se puede enseñar así, la pregunta es qué nos impide hacerlo.

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