El reto de ser educador en un Perú que deja de nacer

Escrito por Encuentro
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Juan Pablo Heredia CáceresProfesor del Departamento de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad Católica San Pablo

Cualquiera que camine hoy por las ciudades peruanas notará una llamativa contradicción: por un lado, gigantes del sector educativo levantan infraestructuras imponentes con paneles publicitarios que prometen un futuro brillante; por otro, los datos del último censo del INEI nos advierten con frialdad que en el Perú cada vez nacen menos niños.  

Estamos frente a un cambio demográfico silencioso pero implacable. Como educador en las aulas universitarias, me pregunto con frecuencia qué significará este escenario para las escuelas de barrio, los colegios independientes y las propias universidades. La realidad nos dice que pronto habrá menos estudiantes buscando una banca, y la competencia entre las instituciones educativas por matricularlos se volverá encarnizada. 

Frente a esta oleada, la respuesta fácil de las grandes corporaciones educativas ha sido apostar por el espectáculo visual y el cemento. Sin embargo, como bien ha señalado el sociólogo y educador francés François Dubet en sus análisis sobre la escuela, levantar edificios modernos no garantiza formar mejores ciudadanos ni asegurar el aprendizaje real. Mi postura ante este panorama es clara: si los docentes y las instituciones pequeñas intentan competir en el terreno del marketing y la infraestructura, perderán la batalla. El verdadero valor de la enseñanza en un país donde la población infantil se reduce no estará en el tamaño del campus, sino en la capacidad de mirar a cada estudiante a los ojos y ofrecerle una educación con sentido humano. 

El verdadero peligro de esta transformación demográfica y comercial es que termine acentuando la desigualdad en el Perú. Mientras las grandes cadenas educativas absorben a las familias que pueden pagar sus pensiones, las escuelas más pequeñas y el sistema público corren el riesgo de quedar relegados a una resistencia precaria. El economista de la Universidad de Chicago, James Heckman, galardonado con el Premio Nobel por sus estudios en desarrollo humano, ha demostrado de sobra que la mejor inversión de una sociedad no es la fachada del colegio, sino la calidad del vínculo entre el maestro y el alumno durante los primeros años de escolaridad. Si dejamos que la educación se mida solo por quién tiene el panel publicitario más grande, terminaremos vaciando de contenido el acto de enseñar. 

Ante este escenario, la tarea del educador peruano —tanto en la escuela como en la universidad— debe dar un giro radical. Ya no podemos ser simples repetidores de contenidos que los alumnos encuentran en cualquier pantalla, ni cómplices de un sistema que trata a las familias como simples clientes. El profesor del futuro inmediato tendrá que ser un artesano del aprendizaje, alguien capaz de guiar a grupos más reducidos pero de forma mucho más personalizada y profunda. El menor número de estudiantes no debería verse como una tragedia comercial, sino como la oportunidad de oro que siempre esperamos para reducir el número de alumnos por aula y atender de verdad las necesidades emocionales e intelectuales de cada joven. 

En conclusión, el invierno demográfico que ya toca las puertas del Perú nos obliga a desmantelar el mito de que “más grande es mejor”. Las instituciones educativas, sin importar su tamaño, sobrevivirán no por la cantidad de ladrillos que acumulen, sino por la huella humana que dejen en sus graduados. Como docentes, nos toca liderar este debate con voz firme y ética profesional, recordándole a la sociedad que educar jamás ha sido construir centros comerciales con aulas, sino formar mentes críticas y corazones sensibles. Solo si volvemos a poner la vocación y el talento pedagógico en el centro, lograremos que la educación peruana responda con altura a los tiempos difíciles que se avecinan.

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