Cinco siglos forjaron la historia del baluarte de la libertad…

Escrito por Encuentro
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Fernando Mendoza BandaProfesor del Departamento de Derecho y Ciencia Política de la Universidad Católica San Pablo

En catorce años más tendremos que adecuar la letra del himno de Arequipa. No sé si estaré vivo para esa fecha, he vivido sesenta años de esos cuatro siglos de historia; y la ciudad ha cambiado, pero no para bien. 

Nos hemos quedado añorando lo que fue Arequipa, pero no hemos hecho nada —sí, nada— por mejorar su presente y proyectar un mejor futuro. Restemos los aportes preincas, incas y coloniales, ¿qué nos queda? Nada bueno. La hemos destrozado y la seguimos destrozando. 

Y no, no soy del grupo que habla de la campiña y su preservación a costa del desarrollo de la ciudad. La ciudad de Arequipa se levantó en una zona desértica y, si esa campiña no se regara con las aguas del Chili, sería lo que la naturaleza impuso, un desierto. 

Nos quieren mantener como si viviésemos dentro de un museo, donde no se puede cambiar el uso de un metro cuadrado de campiña, pero tampoco se ofrecen soluciones apoyadas en la modernidad. La economía de cultivos —ya no microfundistas, sino nanofundistas— hace insostenible el modelo que se pretende preservar. 

Si los dueños de las tierras de esa campiña decidieran no regarlas, ¿qué quedaría? Un desierto. Allí está el dilema: ¿debemos preservar la campiña como elemento paisajista o garantizar la sostenibilidad ambiental? ¿Qué requiere una zona desértica? 

Por otro lado, en el caso de nuestro río Chili, que, de alguna manera, fue salvado de la contaminación por manos privadas y no por las autoridades, correspondería canalizarlo como se ha hecho con otros ríos en la vieja Europa, dejando de lado ese corsé malsano de patrimonio histórico. Sueño con sus riberas transformadas en espacios públicos y no aislado como ocurre ahora, oculto de los ciudadanos. 

Se habla mucho y se hace poco o nada. La ciudad, como la conocemos, está ahogada, asfixiada por la contaminación y colapsada por el transporte y el tráfico vehicular. Se habla de trenes subterráneos y teleféricos: son opciones, pero alejadas de una realidad. La ciudad no soporta más y corresponde impulsar la desconcentración poblacional. 

Los urbanistas plantean agregar más detalles donde ya no hay espacio físico. La ciudad debe crecer, como todo ente vivo. La institución que debe asumir esa tarea solo está conformada por arquitectos, hacen falta economistas que evalúen las decisiones desde una perspectiva que garantice su sostenibilidad y crecimiento organizado hacia el futuro. 

El diseño de hacia dónde debe crecer la ciudad debe ir acompañado, como punta de lanza, de inversión pública y privada en carreteras modernas y con proyección, plantas de tratamiento de agua potable, de aguas servidas y de residuos sólidos, electricidad, internet y otros servicios. Solo así dejaremos de seguir invadiendo las laderas de los volcanes, que son zonas de riesgo y donde, más temprano que tarde, terminaremos llorando desgracias anunciadas. 

Finalmente, más que una smart city, necesitamos ciudadanos smart: que no boten basura en la vía pública, que no beban en la calle ni en los autos, que respeten los semáforos y al peatón. Conductas tan elementales para vivir en sociedad que hoy se han olvidado. 

Para el quinto centenario quiero una Arequipa sin bullicio ni caos, una Arequipa silenciosa y ordenada. Es probable que no la vea, me quedan pocos años. Solo faltan catorce años para ver si adecuamos nuestro himno o, simplemente, seguimos añorando lo que la ciudad consiguió y logró gracias a los que nos precedieron, y no a nosotros, que la destruimos. 

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