Mi padre hacía chuño cada año. Se levantaba antes del amanecer en junio, cuando el frío de la puna todavía pesa, y ponía las papas sobre el ichu para que la helada hiciera su trabajo. Yo lo miraba desde la ventana con esa mezcla de vergüenza y fastidio que solo tienen los hijos de dieciséis años.
No entendía para qué tanto esfuerzo. En el mercado vendían chuño ya hecho. En Lima vendían de todo. Y yo iba a ir a Lima.
Me fui a los dieciocho con una beca y las ganas de no volver. Arquitectura en la capital, proyectos que importaran, gente que hablaba de cosas que yo nunca había oído. Aprendí a decir que era del sur cuando me preguntaban sobre mi origen. Sin más detalles. Arequipa sonaba a provincia, a domingo lento, a mi padre de rodillas entre las papas.
Volví cuatro años después por el velorio de mi abuela. Tres días de casa llena, mujeres rezando bajito, ollas que no paraban de hervir. Alguien puso en la mesa un caldo de chairo. No había comido eso desde niño. Lo tomé de pie, con el plato en la mano porque no había sillas para todos.
No sé bien qué ocurrió. No fue solo nostalgia. Fue algo más del cuerpo, como si hubiera reconocido algo antes de que yo pudiera pensarlo.
Esa noche hablé con mi padre más de lo que habíamos hablado en años. Me contó que el chuño que hacía era de una variedad de papa nativa que su madre le enseñó a elegir. Que el proceso —las noches exactas de exposición al frío, las mañanas de pisado— lo había ajustado ella durante décadas. Que eso no estaba escrito en ningún lado.
Le pregunté si todavía lo hacía.
Me dijo que no. Que desde que yo me fui, no le veía el caso.
Volví a Lima con eso encima. Seguí con mi trabajo pero comencé a notar algo en los planos que dibujaba: ningún edificio revelaba en qué ciudad estaba. Podían ser de cualquier parte. No eran de ningún lugar.
Tardé tiempo en moverme. No fue rápido. Llamadas con mi padre, visitas más seguidas, cuadernos llenos de apuntes sobre el sillar, sobre los arcos del centro, sobre cómo la luz cae distinta en Arequipa porque el cielo tiene otra altura.
El primer proyecto que armé con esa cabeza lo rechazaron tres veces. Demasiado específico, me dijeron.
Lo presenté una cuarta vez sin cambiar lo esencial. Pasó.
Ese junio fui a casa antes del amanecer. Pusimos las papas sobre el ichu juntos, mi padre y yo. No hablamos mucho, pero el frío era el mismo de siempre y las manos sabían qué hacer, aunque fuera la primera vez.