Magnifica humanitas y el desafío educativo pendiente

Escrito por Encuentro
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Sarko Medina HinojosaProfesor de talleres de la Universidad Católica San Pablo

En el párrafo 213 de Magnifica humanitas, la encíclica que el papa León XIV publicó el 15 de mayo de 2026 sobre la custodia de la persona humana en tiempos de la inteligencia artificial, aparece una cita que detiene la lectura: “No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza”. El autor es John Ronald Reuel Tolkien, nota 187, tomada de El retorno del rey. El papa, citando a Tolkien en un documento magisterial sobre inteligencia artificial, hace una reivindicación coherente: Tolkien era católico, su obra está atravesada por una teología de la responsabilidad y la resistencia; y esa frase, en particular, describe con precisión lo que León XIV le pide a esta generación frente al cambio tecnológico.

La cita aparece en el capítulo dedicado a “la civilización del amor” y no en el capítulo técnico sobre IA. Esto dice mucho sobre el enfoque del documento. Magnifica humanitas no es una encíclica de gestión tecnológica. Es una reflexión sobre qué significa ser humano cuando las máquinas empiezan a replicar funciones que considerábamos exclusivamente nuestras, y qué instituciones tienen la responsabilidad de formar el criterio para navegar ese cambio.

La universidad es una de esas instituciones. León XIV lo señala con claridad en el capítulo segundo, donde convoca a “las academias y a las universidades a revitalizar los principios de la Doctrina Social, reconsiderándolos de forma que se adapten a los tiempos actuales y sean eficaces para afrontar la revolución digital”. Asimismo, en el capítulo cuarto desarrolla la idea de “una alianza educativa para la era digital”, subrayando que la formación del discernimiento frente a las nuevas tecnologías no puede ser responsabilidad difusa sino tarea institucional concreta.

Desde 2022 dicto en la Universidad Católica San Pablo, dentro de los talleres que ofrezco a los alumnos de las diferentes carreras, una clase dedicada al uso ético de la inteligencia artificial en la literatura. Una sesión en la que estudiantes universitarios se enfrentan a preguntas que el entorno digital no les formula: ¿qué implica usar una herramienta que genera texto por ti?, ¿dónde reside la autoría?, ¿qué significa pensar cuando una máquina puede producir resultados más rápido? La experiencia acumulada en esos años me permite afirmar que ese tipo de formación no sobra, y que debería estar presente desde el propedéutico en todas las carreras, independientemente de la disciplina. No porque la IA sea un peligro que hay que conjurar, sino porque es una herramienta cuyo uso responsable requiere criterio formado, y ese criterio no se desarrolla solo con la práctica.

La encíclica del papa ofrece el marco conceptual para entender por qué. León XIV advierte que la tecnología “no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza”. Un estudiante que aprende a interrogar esas condiciones de producción, que entiende que detrás de cada algoritmo hay decisiones humanas con consecuencias sobre personas reales, ejerce el tipo de discernimiento que el documento reclama. Uno que usa las mismas herramientas sin esa reflexión está, en términos de la encíclica, dejando que “la sucesión de emergencias decida por él la dirección del camino”.

Los educadores enseñamos para que nuestros alumnos tomen decisiones en libertad. Si algo caracteriza al conocimiento, es su utilidad para discernir. Presentar los conceptos éticos, abrir la pregunta, acompañar el proceso de reflexión y luego soltar: eso es formar. Un docente que le dice al alumno cómo usar la IA está resolviendo por él lo que necesita resolver por sí mismo. El objetivo no es producir usuarios críticos de la tecnología porque lo manda el currículo, sino formar personas capaces de elegir, con conocimiento y causa, usar estas herramientas como lo que son: instrumentos al servicio de los demás.

León XIV lo dice con precisión en el párrafo 238 de la encíclica, hablando de la tarea educativa en la era digital: “Acompañar a los niños y jóvenes para que utilicen las tecnologías como espacio de relación responsable, ayudándoles a reconocer los riesgos y a elegir lo que hace crecer la libertad interior, representa hoy una forma concreta de caridad y de salvaguardia de su dignidad”. Dice acompañar, ayudar a elegir. La diferencia es la misma que existe entre un docente que forma y uno que instruye. Una encíclica que habla de la magnífica humanidad, nos interpela a redescubrir la oportunidad actual, siendo agentes de cambio educativo en el cambio de era, haciendo historia en la historia de nuestros alumnos, ¡Qué bella época para ser profesor!

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