¿Adiestramiento o sabiduría? El propósito trascendente de la Universidad

Escrito por Encuentro
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Víctor Ramos HerreraDocente del Departamento de Educación de la Universidad Católica San Pablo

Ser profesional es una aspiración legítima para todo joven que concluye su etapa escolar. Sin embargo, la crisis de sentido en la educación superior nos obliga a plantear tres interrogantes directas: ¿Es la universidad solo un tiempo en el que se adquieren habilidades o capacidades profesionales?,¿debería esta institución aspirar a un fin intrínsecamente distinto? Y, sobre todo, ¿exige su propia naturaleza el cultivo de un horizonte superior para sus estudiantes? Si no respondemos a esto, corremos el riesgo de convertir los campus en centros de adiestramiento vacíos de espíritu.

Romano Guardini, en su obra: Tres escritos sobre la universidad, responde a estas interrogantes. Su pensamiento tiene como fondo la experiencia de un sacerdote, teólogo y profesor universitario, que transitó por las dos guerras mundiales; así, muchas de sus reflexiones nacen de la profundidad de quien estuvo en contacto con el dolor. Su pensamiento nace de una necesidad imperativa de transmitir esperanza, recordándonos que la educación es, ante todo, un acto de resistencia espiritual.

Al reflexionar sobre el conocimiento, Guardini cita a Max Planck para recordarnos que el valor del saber reside en que “el hombre, al conocer, entra en contacto con la verdad; con aquella verdad que es válida en sí misma”. Existe un peligro latente: cuando la verdad se reduce a ser una mera ayuda para vivir más enérgicamente, cuando se reduce a ser una herramienta utilitaria, nos degradamos al nivel del animal que solo busca la presa. Por el contrario, Guardini sostiene que “si la verdad está por encima del hombre, en la grandeza de su valía absoluta… se traba (es decir, establece) aquella relación que salvaguarda a la persona en su libre dignidad. Saber esto, redescubrirlo siempre de nuevo y defenderlo frente a toda pretensión del poder y de la vida, es la tarea más propia de la universidad”.

El quehacer universitario halla su sentido pleno en la contemplación de una Verdad que no se sitúa a nuestra medida, sino que nos trasciende por su autenticidad y altura. Así, la profesionalización no es un fin menor ni un error de enfoque; es, por el contrario, una dimensión esencial de un horizonte formativo superior. El rigor técnico debe ser el vehículo que genere en cada estudiante la inquietud ética y la responsabilidad de “vivir en la verdad”, transformando su oficio en una existencia cargada de propósito.

En otro discurso en el que describe la responsabilidad que tiene el estudiante para con la cultura, da cuenta de que esta búsqueda no es un capricho personal, sino una “llamada que la existencia misma dirige al espíritu”.

Como educadores, debemos recordar que el “mundo no es una presencia muda. Es aquello que quiere ser conocido. Todo ente es una forma dotada de sentido, y como tal tiene poder. No un poder exterior o físico, ni tampoco psíquico o sugestivo; sino más bien espiritual, esto es, aquel poder originario que el sentido tiene sobre el espíritu receptivo y que es algo último que no puede descomponerse más”.

Esta Verdad que la universidad debe custodiar es profunda y se aleja de lo mediocre o puramente pragmático. No buscamos el saber solo por su utilidad, sino porque es una necesidad del alma para alcanzar una vida plena y con hondura.

Finalmente, para mis estudiantes, y para mí mismo, Guardini propone una disposición que hoy parece contracultural: la ascesis. Lejos de ser un concepto anticuado, es la autodisciplina necesaria para renunciar a lo inmediato y deseable en favor de algo infinitamente más alto. “Nada grande se logra sin ella… reduce un efecto parcial para que crezca el todo; en la economía del propio ser, potencia las fuerzas de penetración intelectual, de libertad y de responsabilidad frente al impulso y la indolencia”.

La universidad, entendida como esa comunidad de vida, es el espacio privilegiado que debe llevarnos a este encuentro transformador. De esta manera es necesario estudiar en la universidad solo si se es consciente de este reto personal y si se busca cultivar esa inquietud por descubrir la Verdad y compartirla.

En conclusión, aunque todo hombre es un buscador de esa Verdad, la comunidad académica es el lugar privilegiado para “enamorarse” de ese sentido último. En este horizonte, estudiar cobra su verdadero significado, dándole vida a la súplica del salmista: “Tu rostro busco, Señor, no me ocultes tu rostro”.

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