Un mejor pasaporte

Escrito por Encuentro
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Monseñor Javier del Río AlbaArzobispo de Arequipa 

Miles de peruanos están haciendo largas colas para obtener un pasaporte biométrico. Según relatan las noticias, algunos van a las oficinas de Migraciones desde antes de la salida del sol. Tanto ellos como los que llegan más tarde deben esperar varias horas hasta ser atendidos, algunas veces incluso para tener que regresar al día siguiente porque el cupo de atenciones se agota.

El admirable sacrificio que hacen para asegurarse ese pasaporte me lleva a pensar si le damos la misma importancia a otro pasaporte, o mejor dicho visa, que todos algún día necesitaremos: aquella para el viaje sin retorno que todos emprenderemos cuando nos toque partir de este mundo.

El evangelista san Mateo, al final de su capítulo 25, nos transmite las palabras de Jesús acerca del juicio final. Dice Jesús que así como el pastor separa a las ovejas de los cabritos, él nos separará y unos irán por toda la eternidad al Cielo, para el que hemos sido creados, y otros a la condenación eterna. El criterio de separación será lo que hicimos o dejamos de hacer a nuestros semejantes, en especial a aquellos más pobres y necesitados.

Vengan, benditos de mi Padre, dirá Jesús a unos, “porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, fui forastero y me acogieron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, en la cárcel y vinieron a verme”. A otros, en cambio, los apartará por no haber realizado tales obras; porque, como el mismo Jesús dice, lo que hacemos o dejamos de hacer a los pobres, enfermos y necesitados, se lo hacemos o dejamos de hacer a Él mismo.

Son palabras muy claras, ante las cuales sería conveniente que nos preguntemos si las estamos tomando en serio o si no las tomamos en cuenta y estamos poniendo en riesgo nuestra salvación eterna; porque, definitivamente, como nos lo ha recordado el Papa Francisco: “no podemos escapar de las palabras del Señor y en base a ellas seremos juzgados”, puesto que en cada persona que sufre está presente Cristo, “su carne se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga, para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado” (Misericordiae vultus, 15).

El 20 de noviembre concluirá el Año de la Misericordia al que nos convocó el Papa como un tiempo de gracia para salir de la indiferencia con la que no pocas veces pasamos de largo ante el sufrimiento ajeno. El utilitarismo, el materialismo y el hedonismo que, lamentablemente, han marcado tan profundamente a este mundo globalizado en el que nos ha tocado vivir, pueden habernos contagiado ese individualismo que nos anestesia e impide que veamos la presencia de Dios en nuestros hermanos más pobres y necesitados.

Esta enfermedad espiritual, sin embargo, no es incurable. Jesucristo, rico en misericordia, nos espera con los brazos abiertos de par en par si, dándonos cuenta que nos hemos vuelto egoístas, volvemos a Él de corazón, le pedimos que nos perdone y que nos dé la fortaleza para comenzar una nueva etapa en nuestra vida siendo generosos con los demás. De esa manera, tendremos el pasaporte y la visa que, cuando nos toque presentarnos ante Él, haga posible que nos diga: “Ven a mí, bendito de mi Padre, entra conmigo al Reino de los Cielos”.

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