El verdadero desafío del liderazgo escolar en el Perú

Escrito por Encuentro
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Juan Pablo Heredia CáceresProfesor del Departamento de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad Católica San Pablo

En recientes declaraciones, el ministro de Educación, Antonio Chang, volvió a poner sobre la mesa un tema clave: la necesidad de que los directores de los colegios peruanos sean verdaderos líderes y no simples administradores. Aunque la premisa suena inspiradora, la realidad en los colegios es compleja. La mayoría de directores —que en su origen son docentes con vocación pedagógica— pasa el día resolviendo emergencias burocráticas que los alejan de las aulas. ¿Es necesario que el director sea un líder? Sin duda alguna, pero exigirlo sin transformar la estructura que los ahoga en papeles resulta contradictorio. 

El liderazgo directivo no es un lujo, sino el motor de la calidad educativa. El especialista Kenneth Leithwood ha demostrado que la dirección es el segundo factor intraescolar que más influye en el aprendizaje de los alumnos, solo por detrás de la labor del docente en el aula. Sin embargo, este impacto no surge por decreto ministerial, sino cuando el director mantiene viva su visión pedagógica y orienta el trabajo de su equipo. Un colegio cuya cabeza se limita a firmar expedientes, podrá mantener la rutina operativa, pero difícilmente logrará transformar la enseñanza. 

El problema radica en que el sistema actual confunde el liderazgo con la sobrecarga de tareas. Pretendemos que el director sea un visionario pedagógico y, al mismo tiempo, un gestor administrativo a tiempo completo. Como advierte la socióloga Licia Pineda, cuando la burocracia absorbe al directivo, el resultado es el agotamiento y la pérdida del sentido educativo. Exigirle a un maestro de formación que dirija el rumbo pedagógico de su colegio mientras dedica su jornada a llenar formatos digitales es ahogar la esencia de su profesión. 

Para evitar esto, la solución no es crear más burocracia ni trasladar la carga administrativa a los coordinadores, sino aplicar un “liderazgo distribuido” basado en la autonomía y la confianza. No se trata de liberar al director de sus responsabilidades, sino de empoderar a toda la comunidad educativa para remar hacia un mismo objetivo. Al compartir la toma de decisiones pedagógicas con los coordinadores y docentes, el director recupera su rol de maestro de maestros, guiando el proyecto educativo sin que nadie quede asfixiado por los trámites. 

En conclusión, la visión planteada por el Ministerio de Educación sobre directores líderes debe acompañarse de autonomía real y trabajo en equipo. Si queremos que las escuelas dejen de ser administradoras de rutina y se conviertan en verdaderas comunidades de aprendizaje, debemos permitir que el director ejerza el liderazgo para el que fue formado. Educamos para formar ciudadanos críticos, y esa tarea exige directores que, lejos de perderse entre carpetas, usen su liderazgo para unir a su equipo escolar en torno a un solo objetivo: el desarrollo integral de sus estudiantes. 

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