Autoridad y autoría

Escrito por Encuentro
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Ángel Chávez ContrerasProfesor del Departamento de Educación de la Universidad Católica San Pablo

El concepto de autoridad tiene una presencia notoria y constante en la dinámica humana en general. En el proceso de formación y conducción de las personas en el grupo familiar, en la comunidad religiosa, en el ejercicio ciudadano, en el fuero castrense, en el liderazgo deportivo, en la organización empresarial, en la institución educativa, en la dinámica del aula o salón de clase, e incluso en la institución carcelaria, con los que cumplen condenas.

No hay forma de prescindir del concepto o idea de autoridad y, en el esfuerzo por encontrarle sinonimias, nos quedamos cortos, pobres e insuficientes, inexactos o insatisfechos con el intento.

Un sinónimo podría ser «experto». Ser una autoridad en la materia o ser un experto en la materia puede valer, pero experticia no puede suplir a autoridad en todas las acepciones y significados que este término tiene.

Para ayudarnos un poco, podríamos ver el significado de autoridad en las distintas aplicaciones o roles del término.

Autoridad como sustantivo. Poder que gobierna o ejerce el mando. (Autoritatis). Relacionado con autoría, (ser autor, creador).

Autoridad como poder o mando, potestad legítima o atribución conferida a una persona para tomar decisiones, dirigir acciones, asignar recursos y exigir el cumplimiento de normas.

Autoridad como calificativo para referirnos a los conocedores sobre determinado campo del saber humano, como una autoridad en la cata de vinos, o un gran conocedor del derecho agrario, por dar un ejemplo.

Sin embargo, en el caso del ejercicio docente, en el marco teórico que debe orientar la vocación y para estar siempre cerca de la fuente inspiradora del acto educativo y del gesto formador, nos viene bien buscar las raíces de la palabra, del significado de la idea y término en cuestión. Entonces, me animo a recurrir a la etimología.

El término «autoridad» proviene del latín auctoritas, derivado de auctor, que significa «autor» o «creador». En la antigua Roma, aludía no solo a quien mandaba, sino también a quien contribuía al desarrollo de otros. Con el tiempo, el término se asoció principalmente con el control y la obediencia. Se ha escrito mucho sobre el tema y, al parecer, se seguirá haciendo: clases y tipos de autoridad, liderazgo, etcétera.

Pero a la mentalidad del maestro y su vocación les viene bien vincularse y enriquecer su marco filosófico personal con la idea rectora de ser autores: autores de la calidad de la persona humana.

Ver a los niños, a los educandos como una obra personal, un lienzo, esperando unas pinceladas, una arcilla húmeda esperando el moldeado, un trozo de sillar en espera de un hábil cincel, nos puede llevar al gozo interior de ser cocreadores, coautores. El ser humano es el único ser de la creación inacabado. Con esa visión tiene más sentido nuestra vocación y opción por seguir al Maestro.

Los maestros, en alguna medida, son autores, colaboradores en la consolidación de una persona, de este ser humano, de aquel ciudadano. Así lo ilustran algunos ejemplos: Simón Rodríguez, respecto de Simón Bolívar; Aristóteles, respecto de Alejandro Magno; Francisco de Miranda, quien moldeó el pensamiento de Bernardo O’Higgins. Es innegable que solo personas forman personas. Los maestros, en alguna medida, terminan contribuyendo al pensamiento de sus alumnos, de algunos o de alguno al que logran llegar de modo significativo.

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