El problema no es el color, sino el criterio

Escrito por Encuentro
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Marisol Velazco GutiérrezDocente de la Escuela de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Católica San Pablo

El uso de pintura rosada en la base de una escultura en la avenida Bolognesi de Arequipa revela un problema recurrente en la gestión del patrimonio urbano: la ausencia de criterios técnicos e históricos en las intervenciones públicas. En un entorno de alta carga simbólica como este eje histórico del distrito de Yanahuara, el color no es un elemento decorativo menor, sino un componente fundamental de la lectura artística, histórica y simbólica del espacio.

La avenida Bolognesi no solo conmemora al héroe nacional Francisco Bolognesi, sino que forma parte de un escenario clave de la memoria colectiva e independentista de la ciudad, vinculado al antiguo Puente Viejo y a hechos trascendentales del proceso republicano. Su valor radica en la coherencia visual entre paisaje, arquitectura, monumentos y memoria histórica, lo que exige intervenciones respetuosas y fundamentadas.

La aplicación arbitraria de un color rosado en la base de la escultura rompe esta armonía: no dialoga con el material original, no corresponde a la época representada ni se integra al contexto urbano tradicional. El resultado es una descontextualización visual que debilita el valor patrimonial del monumento y genera confusión en la ciudadanía.

Este caso no es aislado. En muchos distritos se repite la práctica de aplicar colores “de moda” o llamativos, sin estudios previos ni asesoría especializada, muchas veces impulsada por decisiones administrativas y no técnicas. Estas acciones, aunque no se presenten como restauraciones, constituyen alteraciones patrimoniales que afectan la autenticidad del espacio público.

El debate que abre este episodio no gira en torno a prohibir el uso del color, sino a comprender que su aplicación debe responder a estudios históricos, criterios profesionales y respeto por el entorno. Cuando esto no sucede, el color deja de aportar valor y se convierte en un factor de distorsión de la memoria urbana. Preservar Arequipa como ciudad histórica implica asumir que el patrimonio no admite improvisaciones, y que cada intervención comunica —para bien o para mal— una manera de entender nuestra identidad.

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