Hace quince años, los peruanos eligieron entre el temor al retorno del fujimorismo y la promesa refundacional de Ollanta Humala. Hace diez, votaron para impedir el triunfo de Keiko Fujimori y entregaron el poder a Pedro Pablo Kuczynski. Hace cinco, el agotamiento provocado por la pandemia y el colapso económico y social abrieron la puerta a Pedro Castillo. El resultado de ese experimento político ha sido costoso. Y Roberto Sánchez representa, para muchos, la continuidad de esa deriva.
Las cifras ayudan a entender el desencanto. Cuando Perú Libre llegó al poder, la pobreza afectaba al 29 % de los peruanos; hoy apenas ha retrocedido al 27,5 %. Mientras tanto, otros países latinoamericanos avanzaron con mayor rapidez. En Colombia, la pobreza saltó al 42,5 % durante la pandemia y luego cayó al 31,8 %. Argentina, pese a su prolongada crisis, redujo recientemente una tasa superior al 50 % hasta cerca del 28 %. El problema peruano no es la imposibilidad de combatir la pobreza, sino la ausencia de una gestión eficaz.
El deterioro también se percibe en el turismo. En 2019, Perú recibió 4,37 millones de visitantes extranjeros. En 2025, aún no logra recuperar ese nivel. Colombia, con menor riqueza arqueológica y cultural, ya bordea los seis millones de turistas anuales. El contraste es incómodo.
La próxima elección, entonces, difícilmente será un concurso de entusiasmo. Judith Shklar, filósofa política de Harvard, llamaba “voto defensivo” a la decisión de elegir no al candidato ideal, sino al que puede causar menos daño. En democracias fatigadas, el elector ya no vota con esperanza, sino por contención. Y quizá esa sea hoy la verdadera pregunta para el Perú: no quién puede salvarlo, sino quién evitará que siga perdiendo lo poco que aún conserva.