A las seis de la tarde, cuando el sol desaparece detrás de las montañas, una vivienda altoandina vuelve a quedar en penumbra. Una niña abre su cuaderno mientras su madre enciende una vela o una pequeña lámpara a pilas. A cientos de kilómetros, en una comunidad amazónica aislada, otra familia recurre a un mechero para cenar. Son territorios distintos, unidos por la misma paradoja: reciben sol durante el día, pero la electricidad aún no llega a sus hogares.
La escena resume una deuda que todavía no hemos saldado. Según el Inei, en el tercer trimestre de 2025, el 89.2 % de los hogares rurales tenía acceso a electricidad por red pública; es decir, cerca del 11 % no contaba con este servicio. Después de más de una década de trabajo en zonas rurales, he comprobado que electrificar no significa solo tender cables o instalar paneles: significa asegurar energía continua y segura para estudiar, conservar medicamentos, comunicarse y producir.
El contraste es difícil de ignorar. El Perú dispone de un enorme potencial solar, especialmente en la sierra y el sur; sin embargo, a febrero de 2026 la energía solar, eólica, el bagazo y el biogás aportaron, en conjunto, apenas el 9 % de la producción eléctrica nacional. El recurso existe, lo que falta es convertirlo con mayor rapidez en energía accesible para la población.
El Ministerio de Energía y Minas prevé que nueve proyectos solares entren en operación entre 2026 y 2028 y sumen 1420 MW de capacidad instalada. El viento también ofrece una oportunidad: el país cuenta con diez centrales eólicas que totalizan 1015 MW, pero solo aprovecha alrededor del 5 % de un potencial estimado en 20 GW.
Arequipa, específicamente el distrito de La Joya, se ha consolidado como el foco de la transición energética en Sudamérica. Entre los proyectos de generación de energía a gran escala destacan la Central Solar San Martín, inaugurada en julio de 2025 y actualmente la más grande del Perú; Solar Babilonia; la Planta Solar Sunny; y el Complejo de Hidrógeno Verde. Además de las grandes centrales, se pueden mencionar implementaciones específicas para autonomía energética como Pampas Cañahua, Selva Alegre y Chala.
Sin embargo, construir más centrales no basta para responder al título de esta nota. Una gran planta conectada al sistema nacional no ilumina automáticamente una comunidad remota. Cerrar la brecha exige ampliar las redes donde sea viable y, donde no lo sea, impulsar sistemas solares domiciliarios, microrredes con almacenamiento, mantenimiento permanente y técnicos locales capacitados. También se necesitan reglas claras, inversión sostenida y proyectos que no se detengan entre un anuncio y su ejecución.
Cuando el acceso deje de depender de esfuerzos aislados y se convierta en una política de Estado sostenida. El Perú no necesita descubrir el sol ni el viento: necesita decidir cómo llevar esa energía hasta el último hogar. No podemos esperar otros 20 años para avanzar apenas un 9 % en energías limpias, como ha sucedido hasta ahora. La transición será real cuando no se mida solo en megavatios instalados, sino también en horas de estudio recuperadas, puestos de salud operativos y comunidades con nuevas oportunidades para desarrollarse.
Desde la academia, podría afirmar que tenemos la responsabilidad de convertir estas brechas en oportunidades de innovación. Desde la investigación aplicada podemos diseñar sistemas de electrificación adaptados a los contextos rurales, evaluar su impacto social y económico y promover la transferencia tecnológica que permita que las energías renovables lleguen efectivamente a quienes aún permanecen excluidos. Solo cuando la ciencia se conecta con las necesidades reales de la población, la investigación cumple plenamente su propósito de transformar vidas. Esta reflexión se alinea con la necesidad de impulsar soluciones sostenibles y una política de Estado que garantice el acceso universal a la energía.