Ser padre: recuperar su lugar

Escrito por Encuentro
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¿Qué significa que el padre esté presente en la vida del hijo? Significa proteger al hijo pero no sobreprotegerlo. La protección a los hijos se refiere a prepararlos para enfrentar la vida con madurez y serenidad sorteando los peligros con inteligencia, confiando en sí mismos, en sus capacidades y destrezas. En otras palabras, la presencia paterna genera bienestar, seguridad y confianza.

La sobreprotección, en cambio, produce el efecto contrario provocando en los hijos la convicción de que no pueden lograrse objetivos personales o sociales por uno mismo. Es generadora de miedo, temor e incapacidad de amar. Parte de una sociedad enfermiza y competitiva que produce ansiedad y busca convertir al hijo en un adulto que triunfe en la vida.

Bajo este enfoque, la tarea de los padres se torna exclusivamente en organizar la vida de los hijos y tratar de evitar su fracaso o dolor eliminando todo obstáculo. En el fondo se prefiere las recompensas a corto plazo que el bienestar, el cual solo se consigue con esfuerzo y a largo plazo.

Lo cierto es que las adversidades son parte de la vida y el enfrentarlas es posibilidad de crecimiento. Es ahí donde los padres, desde su practicidad y objetividad se convierten en guías de sus hijos enseñándoles el camino, tomando distancia del hijo para que éste pueda actuar y decidir con libertad de acuerdo a su conciencia ya formada pero estando a su vez lo suficientemente cerca para que el hijo se sepa acompañado y sostenido.

Resulta irónico que los padres inviertan tiempo y recursos en actividades extraacadémicas porque piensan que eso les servirá para triunfar en la vida; olvidan, pues, que el predictor más robusto es su presencia en el hogar.

El padre es fundamental en la vida de sus hijos, éste es sin duda un gran desafío para quienes lo somos y para todo aquel varón que piensa en serlo algún día. Ser padre significa estar presente en el hogar, implica entender que al cumplir el gesto procreativo se coloca en el eje de su destino, poniéndose en condición de enfrentar una de las pruebas esenciales de su vida.

La paternidad no se reduce a un sentimiento de ternura y compasión ante una criatura indefensa que obliga una serie de deberes, tampoco significa ver al hijo como el gran heredero, es decir, como el encargado de continuar la labor iniciada por el padre y no trata de dar al hijo en forma desmedida lo que le fue negado. El hijo no es alguien que reemplaza o un sistema de recompensas frente a desdichas personales y mucho menos un elemento de triunfo.

La paternidad es comprometer la propia vida con la vida de su hijo, es allí donde se abre el abismo que separa la procreación de la paternidad y donde cobra sentido la frase: “Padre es el que educa”. Ser papá es un verdadero reto, no es tarea sencilla, es una responsabilidad asumida y mantenida que sólo se puede entender desde una mirada de fe, porque sin fe no hay misterio y la paternidad se vería reducida a un simple procrear. Se trata en realidad de una adhesión global que integra una verdad concreta que no proviene de un razonamiento humano.

Al padre le corresponde ponerse a disposición de la vida, y no poner la vida a su disposición, se trata de un verdadero misterio que cambia la totalidad del ser y lo hace consiente de estar ante una realidad sacra que expresa en sí misma una insondable trascendencia que sugiere la presencia de Alguien que lo precede.

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