Buscando la felicidad

Escrito por Encuentro
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Alonso Quintanilla Pérez–Wicht

Se habla cada vez con más frecuencia de la búsqueda de la felicidad, del derecho que tenemos a ser felices. Existe una nueva corriente en la economía llamada “happynomics” (o “economía de la felicidad”) que afirma que no puede medirse la economía con criterios tradicionales como el crecimiento del producto interno bruto (PIB) o la renta per cápita nacional (RPC), sino según cuánto contribuye a facilitar la felicidad de los habitantes de un país o de un pueblo determinado.

De hecho, algunos hablan ya de la “felicidad interna bruta” (FIB) como indicador de esta medida. Abundan los índices de felicidad como el “World Hapiness Index”, el “Happy Planet Index” o el “World Hapiness Report” que con distintos criterios califican y puntúan la felicidad de un país, con resultados muy distintos y contradictorios.

En el fondo de esta aproximación subyace un deseo propio del hombre: el anhelo de ser feliz. “Todos buscan ser felices”, decía Blaise Pascal, y añadía: “No hay excepciones a esta regla. Aunque utilicen medios distintos, todos persiguen el mismo objetivo. Esta es la fuerza motriz de todas las acciones de todos los individuos, incluso de los que se quitan la vida”.

Cada cierto tiempo pregunto a mis alumnos en clase si desean ser felices, y hasta ahora, luego de 10 años haciendo lo mismo en cada semestre, no he encontrado a uno solo que me diga que no quiere ser feliz. Pero, ¿qué es la felicidad?, ¿es posible encontrarla?, ¿de qué manera?

Desde que existe registro histórico o literario, encontramos muchas y muy diversas definiciones que suelen asociarse a estados de ánimo o experiencias de placer. Pero ¿es real esa aproximación? Lo que parece ser real es que no existe correlación entre la experiencia de felicidad, como quiera que se entienda, y lo que suele generalizarse como sus determinantes.

Richard Easterlin demostró en 1974 que, pasado un umbral de pobreza, no hay correlación entre mayores ingresos económicos y una mayor puntuación en los índices de felicidad. Tampoco existe correlación entre altos niveles de educación con altos niveles de felicidad: no hay nada en los datos sociales que nos permitan suponer que un doctor graduado en alguna de las veinte mejores universidades del mundo sea más feliz que una persona que a lo sumo ha concluido su primaria.

¿Dónde encontramos correlación positiva entonces? ¿Cuáles son los elementos o comportamientos que contribuyen a ser felices? Los científicos (Sonja Lyubomirsky y otros) nos dicen que la genética explica alrededor del cincuenta por ciento de la felicidad cotidiana media. El entorno o circunstancias externas explican un diez por ciento, y el cuarenta por ciento restante es desarrollado por cada persona.

¿Lo anterior alcanza para encontrar una respuesta? Parece que no. Intentemos entonces por otro lado. Aristóteles concluyó que la felicidad —eudaimonía— se alcanzaba siendo personas virtuosas, es decir “haciendo el bien y viviendo bien”. En otras palabras, construyendo una vida basada en la virtud o con la sabiduría de elegir el bien superior siempre.

Lo anterior implica tener un propósito en la vida, buscar y encontrar un sentido, una razón poderosa para vivir. No se trata entones de placeres temporales y efímeros,
de acumular bienes o de buscar la fama y el reconocimiento en una vida irreflexiva y carente de propósito.

Se trata de algo mucho más profundo, de algo que responda a la naturaleza trascendente del hombre y a su llamado a la eternidad. Las Bienaventuranzas nos dan una clara pista para ello. “Bienaventurados los que…”, “bienaventurados seréis…”, nos repite la Escritura, lo que en sencillo quiere decir “serán felices cuando…”.

¿Cuándo? Siguiendo las enseñanzas de Jesús, seremos felices cuando vivamos con generosidad y no esclavicemos nuestro corazón con lo material; seremos felices cuando no busquemos el poder sino que nos hagamos servidores de los demás; cuando busquemos aliviar el sufrimiento y el dolor de los necesitados; cuando seamos misericordiosos comprendiendo la frágil naturaleza humana y buscando remediar las consecuencias de ella; cuando vivamos sin maldad en el corazón buscando hacer el bien; cuando nos neguemos a suscitar el odio y busquemos en cambio la solidaridad entre los hombres; seremos felices cuando hagamos todo lo posible por buscar un mundo más justo y reconciliado, aunque ello signifique dolor y persecución. Seremos felices cuando en el atardecer de la vida podamos decir que a pesar de nuestras fragilidades y miserias, fuimos capaces de amar, de amar a veces hasta el dolor, como decía la Beata Teresa de Calcuta.

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