La reciente crisis en los precios del petróleo, la escasez de GNV, motivada por la guerra, el reciente bloqueo del estrecho de Ormuz y la rotura del gasoducto de Camisea —ocurrida meses atrás— son un recordatorio de nuestra vulnerabilidad energética. Las largas colas en los grifos por la escasez de GNV y el apagado de centrales termoeléctricas desnudaron una realidad que se ha ignorado hasta ahora: nuestra seguridad energética pende de un hilo. Hoy, el Perú se enfrenta a una tormenta donde la volatilidad de los precios del petróleo y la variabilidad climática, agudizada por el fenómeno de El Niño, nos obligan a replantear con urgencia nuestra hoja de ruta.
Actualmente, el mundo camina hacia la descarbonización, pero el Perú parece caminar a paso lento. Aunque la producción eléctrica representa cerca del 23 % de nuestro consumo, seguimos atados a los hidrocarburos. Esta dependencia se agrava por un desequilibrio geográfico crítico: la generación hidroeléctrica está centralizada en el complejo del Mantaro (centro del país), mientras que la demanda voraz se concentra en Lima y la costa. Cuando El Niño aparece y los caudales de los ríos disminuyen, nos vemos forzados a quemar diésel y gas —recursos finitos y costosos— para evitar que el país se quede paralizado y a oscuras.
La situación del gas natural es preocupante. En Camisea no contamos con reservas aseguradas de gas natural a largo plazo y las existentes no son suficientes para abastecer las plantas del sur, que, pese a estar diseñadas para operar con gas, terminan utilizando diésel ante la falta de este recurso. Es imperativo invertir en exploración y planificación estratégica; sin embargo, la verdadera solución no está bajo tierra, sino en el cielo: en el sol y el viento.
Es paradójico que, siendo un país megadiverso y bendecido geográficamente, nuestras energías renovables no convencionales (eólica y fotovoltaica) no alcancen ni el 1 % de participación. Estamos sentados sobre una mina de oro energética.
En cuanto a la energía solar, aprovechamos menos del 0.08 % de un potencial de 937 GW, de acuerdo con el MINAM. Regiones como Arequipa, Ica, Moquegua y Puno poseen la mayor radiación del mundo. Solo Arequipa, con proyectos como San Martín, de 600 hectáreas, y La Illa, actualmente en construcción, demuestra que podemos inyectar energía limpia directamente al Sistema Eléctrico Interconectado Nacional (SEIN), de manera segura y sin riesgos ambientales, gracias a la ubicación estratégica de La Joya.
En cuanto a la energía hídrica, solo consumimos el 8 % de los 70 GW que podríamos producir. En energía eólica, nuestra costa es un pasillo de vientos constantes de 20 GW y la cordillera de los Andes nos ofrece un potencial de 3 GW de energía geotérmica que, a diferencia de otras fuentes, no depende del clima.
El Plan Estratégico de Desarrollo Nacional hacia 2050 ya marca el norte: transición energética, hidrógeno verde, economía circular mediante biomasa y masificación del gas. No obstante, las hojas de ruta no iluminan ciudades; lo hace la inversión. Necesitamos fortalecer la Política Energética Nacional con presupuestos reales para exploración, investigación y desarrollo de nuevas tecnologías verdes y de economía circular (biomasa).
El desafío de la intermitencia de la energía solar y eólica es técnico y superable mediante sistemas híbridos y una mejor gestión de la red. No podemos permitir que el Perú siga siendo un espectador del cambio climático mientras tiene los recursos para ser un líder regional. Somos un país bendecido por la naturaleza. Es hora de que nuestra matriz energética refleje esta bendición. Apuntar a un Perú 100 % renovable no es un sueño, es la única estrategia sensata para garantizar nuestra soberanía, proteger nuestra economía y asegurar que, la próxima vez que el clima o un ducto fallen, el país no se detenga.