La pregunta que casi nunca hacemos a quienes eligen ser docentes

Escrito por Encuentro
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Claudia Calisaya CarpioDocente del Departamento de Educación de la Universidad Católica San Pablo

Detrás de la elección de estudiar Educación no solo hay una decisión profesional; muchas veces hay una historia, una experiencia o una palabra que marca la vida de alguien para siempre.

Un día en clase, pensando en qué podría escribir para generar impacto y motivar la lectura, decidí preguntarle a una estudiante —de gran carisma, liderazgo y fortaleza— qué tema le gustaría leer y qué consideraba necesario abordar. Su respuesta fue inmediata y muy clara:

“Nunca nos han preguntado cuál es la motivación personal profunda, más allá de lo racional, para querer ser educador”.

Esta pregunta, y sobre todo la forma en que la estudiante me la expresó, me llevó a recordar a una profesora que tuve en sexto grado de primaria. Lo que sucedió con ella fue memorable.

Era mi profesora de Matemática. Un día nos estaba entregando una práctica calificada. No recuerdo exactamente la nota que obtuve, pero sí que era un curso que no me preocupaba demasiado. Sin embargo, al entregarme la práctica me dijo: “¡Claudia, tú puedes más!”. Luego se dirigió a toda la clase y dijo con mucha energía: “¡No se rindan! Exijan a su mente, practiquen, sean disciplinadas y sigan adelante hasta lograr el 20”.

Sus palabras trascendieron en mí. Ese mismo día, por la tarde, practiqué en casa con mucha confianza, como si ella estuviera a mi lado alentándome y recordándome que podía dar más. En las siguientes prácticas logré obtener 20.

Gracias, querida profesora, porque sus palabras y su forma de demostrar que confiaba en mí hicieron que hoy también procure transmitir ese mismo mensaje a mis estudiantes.

Esta experiencia me hace pensar que, muchas veces, elegir estudiar Educación nace de una experiencia significativa con algún maestro. Algo que dijeron o hicieron puede impactar profundamente y despertar en nosotros el deseo de ayudar a otros a descubrir su propio potencial.

Sin embargo, no solo de las experiencias positivas se aprende. También recuerdo a una profesora de los primeros años de primaria que, un día, formó dos filas en el patio: una para las niñas que habían hecho “bien la tarea” y otra para las que la habían hecho “mal”. Aquello también me marcó y, por un momento, me hizo dudar de mi propio potencial.

Con el tiempo entendí que lo que ella hizo no me definía. Yo podía equivocarme porque estaba aprendiendo. Si hoy, siendo adulta, a veces no tengo claridad sobre cómo realizar alguna tarea en los cursos que llevo, ¿por qué se esperaba que niñas de aproximadamente seis años comprendieran todo con total precisión?

Recuerdo incluso el motivo por el que fui ubicada en la fila de las que hicieron “mal la tarea”: había pegado papeles amarillos rasgados fuera de la pera, cuando la consigna era pegarlos dentro de la figura. ¡Qué dulce y creativa fui al hacer la tarea según mi propia comprensión! ¿Cómo dudar de esa niña ahora?

Experiencias como esta me recuerdan que un educador debe entrenarse constantemente para ser consciente del impacto de sus palabras y acciones. Lo que un docente dice o hace puede trascender profundamente en sus estudiantes de muchas maneras.

Por ello decidí creer plenamente en el potencial de cada estudiante que llega a mis clases: escucharlos, comprenderlos y reconocer que cada uno tiene talentos, formas de aprender y experiencias que los hacen únicos.

Hoy, al escribir este artículo de opinión, quiero reconocer a todas las personas que han elegido estudiar Educación y a quienes hoy ejercen esta profesión. Ser educador exige valentía, porque implica mucho más que transmitir conocimientos académicos: supone asumir un rol de influencia y responsabilidad en la formación de seres humanos.

Quizá por eso valga la pena empezar a hacer una pregunta que pocas veces formulamos: ¿por qué decidiste ser educador?

Es posible que, detrás de esa respuesta, exista una historia, una experiencia, una palabra que nos marcó o incluso un momento difícil que despertó el deseo de hacer las cosas de manera diferente.

En mi caso, esas experiencias —las que me alentaron y también las que me hicieron reflexionar— siguen recordándome cada día la responsabilidad que tenemos como docentes. Porque, muchas veces y sin saberlo, una palabra, un gesto o una forma de mirar puede acompañar a un estudiante durante toda su vida.

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