Unas reflexiones a mano alzada

Unas reflexiones a mano alzada

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Manuel Rodríguez Canales
Teólogo

A veces me parece que hay algo malo en el periodismo en sí. Se me ocurre que es la misma necesidad de información periódica que termina por confundir lo urgente con lo importante. Lo urgente se puede inventar, lo importante se debe descubrir; y, salvo que ambas cosas coincidan, lo primero vale poco o nada, lo segundo cuesta mucho o todo.

Por eso el periodismo se aferra a lo que pasa. El peligro es que, de forma imperceptible, el consumo de la información periódica y pasajera hace que la inteligencia misma se torne ligera con la levedad de lo que olvidamos ni bien lo escuchamos o lo vemos. El efecto es que la vida cotidiana de las personas se hace muda y plana, sin grandes palabras que recordar, sin abismos que sortear ni cumbres que alcanzar.

Como toda locura, tiene lógica férrea. Si mi trabajo consiste en informar diariamente, tendré que buscar información cada día, y el día que no haya algo que valga la pena informar tendré que producir información. No importa de qué ni para qué ni el porqué, solo el cuándo, el quién, el dónde. Cual aprendiz de brujo convertiré en noticia lo que no lo es, generaré interés en lo que no lo tiene, inventaré importancias.

Lo más dramático es que al final no se distinguirá lo importante de lo irrelevante, y lo último parecerá verdad. Algo está mal en la producción de información. No sé, hay algo de estafa, algo de la peor ignorancia, tal vez la única ignorancia que hace daño: creer que se sabe lo que no se sabe, creer que significa algo lo que no tiene sentido. Parafraseando a Ionesco: hablar para no decir nada nos hace más estúpidos en la vida real que los actores de teatro en su escena para cuatro.

Alguien me dirá que hay periodismo y periodismo. Puede ser, pero a mí se me ocurre que el problema es el periodismo en sí y lo realmente interesante que uno encuentra en él no es periodismo. O no lo ha producido el periodismo. Es sabiduría que viene de otro lado y se ha colado. Son pepas de oro en un basural, inteligencia en medio de la estupidez, música a pesar del ruido, aire puro en una ciudad caótica, gota de amor en un mar de prostitución.

Y es que la sabiduría está en todas partes, hasta en los periodistas, porque lo eterno sobrevive a lo efímero. Y, claro, es lo más importante, aunque no se perciba su urgencia.

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