La extraña carta del antifujimorismo

La extraña carta del antifujimorismo

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La carta del antifujimorismo en las calles es políticamente extraña. A simple vista no se entiende bien qué hacen estas personas pidiendo que no salga elegida Keiko cuando deberían estar en campaña a favor de aquel o aquella que quieren como presidente. Porque esto es una elección presidencial, hasta donde tengo entendido.

Más allá de la protesta, surge una teoría que no es del todo descabellada. Tal vez la progresía peruana esté dando por perdida la batalla electoral y haya pasado a forjar una oposición violenta frente a un posible régimen de la hija de Alberto Fujimori.

Otra interpretación al asunto puede atribuirle al movimiento antifujimorista el deseo de medir su poder de convocatoria para forzar a quien acompañe a Keiko en segunda vuelta a sumarse a su agenda política. Finalmente, una especulación poco halagüeña podría aproximarnos a la afirmación de que este es más bien un movimiento poco ilustrado, lleno de gente que se mueve al son de unas cuántas ONGs que los manipulan con la idea de que estamos regresando a los 90 y hay que tomar las calles porque es la única manera de defender esto que se llama democracia.

Sea cual sea el objetivo final, no resulta para nada serio andar haciendo cálculos personales con la democracia. Polarizar el escenario sin darle al movimiento antifujimorista un rostro visible —que pudo haber sido el de Verónika Mendoza, por ejemplo— es poco productivo para la democracia y peligroso de cara al futuro inmediato del país por varias razones.

Una de ellas tiene que ver con la entronización de una democracia selectiva que se esfuerza por hacer patente sus valores solo con algunos. Digo esto porque esos periodistas/analistas/politólogos/artistas que todo el tiempo nos dicen que a Sendero hay que combatirlo ideológicamente son los mismos que hoy se muestran dispuestos a defenestrar, sin debate y con violencia, una opción política que puede no gustarles pero que es legítima.

Otro de los peligros inmediatos tiene que ver con el contexto de un proceso electoral pegado con baba como el que tenemos ahora. En medio de todo el desfile de tachas, plagios, dinero regalado y demás, lo que requerimos con urgencia —antes que carteles graciosos y mujeres marchando en prendas íntimas— es contar con iniciativas políticas cuyos impulsores digan claramente en qué creen y qué es lo que quieren para el país. En tal sentido, el no por el no, constituye el anticipo de una transición complicada cuando no violenta para el siguiente gobernante. Ojalá y las aguas retornen a su cauce y concluyamos este proceso caótico de la mejor manera posible.

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