A cincuenta años del revolucionario 1968

A cincuenta años del revolucionario 1968

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Juan Carlos Nalvarte Lozada
Docente de humanidades

El año 1968 puede ser considerado el comienzo de un ciclo revolucionario. Ese año convergieron el Mayo francés con la Primavera de Praga, el movimiento estudiantil mexicano y las protestas antibelicistas de los Estados Unidos.

Año del apogeo de la moda hippie, la emancipación sexual, el anticolonialismo, la lucha feminista contra el patriarcado y la lucha por los derechos civiles, entre otros acontecimientos.

En estas protestas irrumpió una juventud ansiosa de cambios profundos que no encontraba lugar en una sociedad que se percibía estrecha y llena de convencionalismos trasnochados.

Una juventud que ya no quería instaurar la dictadura del proletariado, sino la de sus pasiones, y que estaba dispuesta a demoler valores tradicionales con tal de no dejarse oprimir por ninguna autoridad externa a su conciencia.

Al referirse a esta juventud, Giovannino Guareschi, el célebre creador de don Camilo (el viejo párroco rural italiano que habla con un crucifijo y se enfrenta al alcalde socialista de su pueblo), en su libro póstumo Don Camilo y los jóvenes de hoy nos dice:

“Es imposible una investigación acerca del comportamiento de los jóvenes de hoy. Su cinismo y su desenfado, a menudo sacrílego, hacen de los jóvenes una generación despiadada e imprevisible. No hay obstáculos que puedan detener a los jóvenes, quizá ni siquiera la muerte”.

Las jornadas del 68 marcaron el hito fundacional de la revolución cultural, que no buscaba asaltar el poder, sino acabar con la civilización occidental. Una revolución moral y espiritual que supuso el inicio de la posmodernidad, marcada por el relativismo gnoseológico y moral, el ateísmo hedonista, la crisis de la racionalidad y el nihilismo exacerbado.

A cincuenta años de estas jornadas, cabe preguntarnos: ¿Acaso estamos escuchando los últimos estertores del 68? ¿No estamos viendo nacer una juventud hastiada de tanto relativismo? ¿No lo manifiesta así la férrea resistencia de los países de Europa del Este ante los intentos de la ingeniería social? ¿Acaso La Manif Pour Tous (La Manifestación para Todos) tan multitudinaria como el Mayo francés, no marca el inicio de una nueva era que deja atrás el espíritu del 68?

¿Las marchas por la vida alrededor del mundo no manifiestan el despertar luego de tanto nihilismo, irracionalidad y sensibilidad exacerbada? Solo Dios lo sabe, pero cabe recordar lo que Guareschi escribió en el epígrafe de la última aventura de don Camilo: “[…] El mundo cambia, pero los hombres siguen siendo como Dios los ha creado porque Dios no ha hecho ninguna reforma y sus leyes son perfectas e inmutables”.

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