¿Qué significa habitar?: Repensando el Urbanismo Comunitario

Gonzalo Portugal Yabar
Profesor del Departamento de Humanidades de la Universidad Católica San Pablo

En nuestras ciudades contemporáneas convivimos con una paradoja inquietante: hablamos de calidad de vida urbana, pero habitamos espacios cada vez más fragmentados. Esta tensión no es nueva. De hecho, ha sido examinada desde perspectivas tan distintas como la marxista —con Henri Lefebvre— y la teológica —con Henri de Lubac—. A pesar de provenir de tradiciones aparentemente irreconciliables, ambos coinciden en una misma preocupación: la ruptura de la vida comunitaria y la pérdida del sentido profundo del habitar.

Pensar al ser humano como un individuo aislado es un error con consecuencias profundas. Henri de Lubac recuerda que la persona está hecha para la comunión. Su premisa es radical: existe un “monogenismo divino”, una conexión originaria entre Dios y todos los hombres. La Iglesia, por ello, no es solo institución, sino misterio de comunión. El dogma cristiano —insiste— es esencialmente social.

Pero esta visión ha sufrido una distorsión histórica. Desde el siglo XVI, se rompió la continuidad entre lo natural y lo sobrenatural. La fe se volvió un asunto privado, el pecado original se redujo a una culpa y no a una fractura existencial. La ciudad refleja esa ruptura: espacios desarticulados, vínculos debilitados, relaciones humanas desgastadas. Lo urbano, en lugar de ser un escenario de encuentro, se volvió el testimonio visible de una comunión rota.

Lefebvre mira la misma herida desde otro ángulo. Para él, el problema se llama alienación. La persona no es solo habitante: es productor. Construye la ciudad, la transforma, la imprime con su humanidad. Sin embargo, bajo la lógica del capital, el espacio se ha convertido en mercancía; un recurso a administrar y dominar. La ciudadanía ha dejado de producir la ciudad para limitarse a consumirla. En ese tránsito, la vida colectiva pierde densidad y la experiencia urbana se empobrece.

De Lubac y Lefebvre no podrían parecer más distintos. Uno parte de la trascendencia; el otro, de la inmanencia. Uno habla de una alienación ontológica; el otro, de una alienación político-espacial. Uno propone la reintegración del hombre con su origen divino; el otro, la transformación activa del espacio urbano para devolverle a sus habitantes la capacidad de producirlo. Y, sin embargo, ambos diagnostican lo mismo: la crisis de la persona y de la vida comunitaria.

Sus caminos, aunque nacidos en montañas distintas, desembocan en un mismo mar: la restauración de la dignidad del habitar. De Lubac insiste en recomponer la comunión originaria para curar las relaciones humanas. Lefebvre llama a recuperar el derecho a producir la ciudad para devolver sentido a la vida colectiva.

En última instancia, la pregunta que ambos nos obligan a enfrentar es la misma: ¿cómo volver a construir ciudades que no solo se recorran, sino que se vivan? Esa es, quizá, la tarea pendiente de nuestro tiempo.

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