Carlos Timaná Kure
Director del Centro de Gobierno de la Universidad Católica San Pablo
El mundo observa con creciente inquietud la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán. Nadie tiene claro cómo terminará ni cuánto durará. Muchos apostaban por una campaña breve. Sin embargo, la capacidad de respuesta iraní ha sorprendido incluso a analistas veteranos.
En medio del conflicto, el régimen de Teherán (Irán) anunció como sucesor a Mojtaba Jamenei, hijo del anterior ayatolá. Pero el nuevo líder aún no ha hecho su primera aparición física pública, solo lo hizo a través de un comunicado. Oficialmente, sería por razones de seguridad, para evitar convertirse en un blanco. Extraoficialmente, abundan las especulaciones: algunos medios, como el Daily Mail, sostienen incluso que su estado de salud sería delicado.
Mientras tanto, la estrategia militar iraní parece haber cambiado. Durante la primera semana de la guerra, sus ataques fueron erráticos e incluso alcanzaron a varios vecinos del Golfo y a Azerbaiyán. En los últimos días, en cambio, Teherán ha concentrado su atención en un punto neurálgico del comercio mundial: el estrecho de Ormuz.
Por ese angosto corredor marítimo transita cerca del 20 % del petróleo que consume el planeta. Interrumpir su tráfico equivale a poner un torniquete en la arteria energética del mundo. Irán también sufriría el golpe —su comercio depende de la misma ruta—, pero parece dispuesto a asumir el costo. Es una jugada arriesgada, casi suicida, destinada a presionar un alto al fuego y elevar el precio estratégico del conflicto.
La consecuencia ya empieza a sentirse: el nerviosismo en los mercados energéticos. Washington y Jerusalén enfrentan ahora un dilema incómodo. Si moderan la ofensiva, pagarán un precio político interno. Si la intensifican, el impacto económico global podría ser severo, especialmente en forma de inflación para Estados Unidos y Europa. De esta forma y como ha sido en las últimas décadas la centralidad de medio oriente sigue vigente en el orden mundial.
