Alonso Begazo Cáceres
Profesor del Departamento de Derecho y Ciencia Política de la Universidad Católica San Pablo
A pocos días de llevarse a cabo la primera vuelta del proceso de elecciones, los votantes parecemos estar superados por la multiplicidad de información y la amplia variedad de propuestas que se plasma en una enorme cédula electoral. Uno de los puntos que ha añadido un particular desafío en nuestro contexto, es el cambio de modelo –o más bien un retorno– al sistema bicameral para el funcionamiento del Legislativo.
Considerar las implicancias que este nuevo modelo va a tener en el funcionamiento del nuevo gobierno, es una cuestión decisiva a la hora de votar. Por ello vale la pena preguntarnos si este sistema presenta alguna ventaja.
Lo primero que habría que precisar es el modelo de organización bicameral que se ha considerado vía reforma constitucional. El modelo bicameral implica un Congreso conformado por dos cámaras, una de diputados y otra de senadores. En concreto, el caso peruano ha optado por un sistema bicameral mixto, en donde el Senado tendrá funciones distintas a la Cámara de Diputados, serán de naturaleza más deliberativa, reflexiva y técnica; mientras que los disputados mantendrán para sí una función más política, detentando la iniciativa legislativa y de control político.
La reforma constitucional ha traído, además, la posibilidad de la reelección inmediata de diputados y senadores y la incorporación de la doble postulación, que permite a los candidatos a la Presidencia de la República postular, simultáneamente, a un escaño en la Cámara de Senadores o Diputados. Asimismo, restringe la potestad presidencial extraordinaria de disolver el Poder Legislativo, contemplada en el actual artículo 134 de la Constitución, circunscribiéndola solo a la Cámara de Diputados, garantizando con ello que la Cámara de Senadores no podrá ser disuelta. Cuestiones que en todos sus extremos son positivas para preservar la institucionalidad.
Por ello, en líneas generales, la incorporación de la bicameralidad puede acarrear ventajas, como la restricción de la producción normativa, pero con un aumento significativo en su legitimidad y calidad técnica.
Esta ventaja se justifica principalmente en que el sistema bicameral producirá una menor cantidad de normas debido a que el proceso de aprobación implica un doble filtro que, en principio, garantizará que no cualquier medida se promulgue, garantizando así una mayor calidad legal y técnica. Además, al contar con un mayor número de diputados (130) y senadores (60), se espera una mejor representatividad de los intereses de la población, lo que debería acarrear en una mayor legitimidad social. Esta reducción de producción y mejora cualitativa impacta en la seguridad jurídica. Habrá mayor previsibilidad en el ordenamiento jurídico del país.
Ahora, si bien es cierto, una organización de esta índole puede traer ventajas, no hay que ser ingenuos, dado que también puede venir acompañada de ciertos desafíos. Por ejemplo, esta nueva bicameralidad no ha contemplado atender el modo de elección congresal, que todavía genera una representatividad minúscula que lleva a los legisladores a no saber a quién representan. De igual modo, los votantes tampoco saben qué congresista los representa; lo que desencadena que el elector, al sentirse irrelevante, refuerce el paradigma del “votante irracional”.
Otra cuestión a resolver es el balance de poderes, debido ha que ha existido un claro fortalecimiento del Legislativo dentro de un sistema presidencialista; además, la cuestión de la vacancia presidencial no está siendo atendida con la seriedad del caso ni por el Legislativo ni tampoco, en lo que le ocupa, por el Tribunal Constitucional. Esta figura legal se convirtió en el caballo de troya para la realización de una serie de tropelías desde el Parlamento; ahora este nuevo sistema de deliberación conjunta dejará la decisión final en manos del Senado.
También existen otros problemas generados por la misma reforma, como el incremento en el gasto público en planillas y la irrupción de la facultad en los propios congresistas para que puedan aumentar el número de senadores y diputados, cuestión que antes estaba restringida para impulsarse a través de una reforma constitucional. Ahora ellos mismos lo pueden hacer a través de Ley Orgánica del Congreso.
Si hemos sido perspicaces, quizá hayamos advertido que, en el fondo, el éxito del modelo bicameral, con sus ventajas y desventajas, dependerá de quienes asuman los escaños de las cámaras. La sostenibilidad institucional no se garantizará por la presencia de dos cámaras distintas, sino por mejorar la calidad de nuestros congresistas.
Por ello, esto nos devuelve al principio. Un nuevo sistema termina siendo una nueva forma de hacer las cosas; pero, en definitiva, para que cualquier método o herramienta funcione, mejor o peor, dependerá en buena medida de quién vaya a usarla. Por esa razón, la responsabilidad que recae en nuestro voto es decisiva.
Tomarnos en serio la democracia debe llevarnos a considerar que es un error basar una elección política en el odio, el disgusto o el temor, que, sin intención de excluir afinidades afectivas y experiencias de empatía con el candidato, tenemos que entender que el voto implica siempre una elección racional. Por eso, este domingo electoral elige pensando en función de los perfiles de los candidatos a senadores y diputados para que puedan conducir mejor esta propuesta bicameral.











Discusión sobre el post