Pandora

Carlos Timaná Kure
Director del Centro de Gobierno de la Universidad Católica San Pablo

En la política peruana, abrir ciertas “cajas” rara vez trae alivio. Más bien, libera fuerzas difíciles de contener. La censura de José Jerí en el Congreso y el ascenso de José Balcázar al Ejecutivo han tenido ese efecto: remover equilibrios precarios y exacerbar temores latentes.

Balcázar no es una figura neutra. Su historial —marcado por posturas como el aval al matrimonio infantil, la tentación de usar reservas internacionales con fines redistributivos o la inclinación estatista— ha encendido alarmas en un país que ya desconfía de los experimentos. Hubo, es cierto, un breve paréntesis de expectativa cuando se barajó a Hernando de Soto como premier. Pero el aterrizaje fue abrupto: Denisse Miralles asumió el cargo para, en cuestión de semanas, confirmar la fragilidad del Ejecutivo.

Su salida no fue sorpresa. Sin liderazgo claro ni capacidad de articular mayorías en un Congreso fragmentado y transaccional, su permanencia era insostenible. Fue, en términos eléctricos, un fusible: sacrificable para ganar tiempo, no para resolver la falla.

Pero el problema es más profundo. El presidente —accidental tanto en origen como en desempeño— está atrapado en una lógica de costos crecientes. Cada bancada ha elevado el precio de su apoyo, erosionando la posibilidad de un gabinete viable. El resultado es un Ejecutivo debilitado y un país que navega sin rumbo en un tramo crítico: los últimos meses antes del relevo presidencial.

Como en el mito de Pandora, la caja ya fue abierta. Los males —inestabilidad, oportunismo, parálisis— están fuera. Queda la esperanza, aunque tenue, de que un golpe de timón devuelva algo de autoridad al Ejecutivo. Un premier con peso político real podría aún tejer consensos. Pero, en un entorno dominado por cuotas, lealtades y desconfianza, esa opción parece cada vez más remota.

Salir de la versión móvil