Eliana Roque Roji
Profesora del Departamento de Matemática y Estadística de la Universidad Católica San Pablo
La matemática superior suele ser una de las materias más temidas en la universidad. Aunque resulta fundamental para disciplinas como la ingeniería, la física o la economía, muchos estudiantes la perciben como abstracta, inaccesible y desconectada de la realidad. El problema no radica solo en su complejidad, sino también en cómo se enseña.
Durante años, el enfoque predominante ha sido la transmisión de definiciones, teoremas y demostraciones, esperando que los estudiantes simplemente los comprendan y reproduzcan. Sin embargo, la matemática no se aprende por acumulación de fórmulas, sino por desarrollo del pensamiento lógico, crítico y creativo. Para lograrlo, se necesitan estrategias didácticas que construyan puentes entre los conceptos formales y la experiencia concreta del estudiante.
Una de estas estrategias es el aprendizaje colaborativo. Las matemáticas no tienen por qué ser una actividad solitaria. Cuando los estudiantes trabajan juntos, comparten dudas, discuten ideas, explican procesos y construyen colectivamente el conocimiento. Además, desarrollan habilidades como la comunicación, la empatía y el trabajo en equipo, todas esenciales en el mundo profesional.
También es clave incorporar tecnologías digitales en el aula. Herramientas como software de visualización, simuladores o plataformas interactivas permiten explorar conceptos que resultan difíciles de imaginar solo con lápiz y papel. Por ejemplo, entender una función en varias dimensiones o una transformación geométrica se vuelve más intuitivo al poder manipularla visualmente.
En esta línea, los juegos interactivos y entornos gamificados basados en las TIC ( tecnologías de la información y la comunicación), se están consolidando como recursos poderosos. A través de ellos, los estudiantes no solo aprenden, sino que también se motivan, reducen la ansiedad matemática y desarrollan un vínculo más positivo con la materia. Aprender puede —y debe— ser también una experiencia estimulante y significativa.
No obstante, ninguna herramienta será efectiva sin un cambio en el rol docente. El profesor ya no puede limitarse a ser el transmisor de verdades cerradas. Su papel es el de mediador, guía y facilitador del pensamiento. Evaluar no solo si una respuesta es correcta, sino cómo se llegó a ella, es parte del nuevo paradigma. Escuchar, observar y adaptar las estrategias a las necesidades del grupo son habilidades tan importantes como el dominio del contenido.
Enseñar matemática superior hoy exige mucho más que saber resolver ecuaciones. Requiere empatía, creatividad y una visión pedagógica centrada en el estudiante. Las estrategias didácticas no son métodos aislados: son el puente entre el saber y el aprendizaje. Y como docentes, tenemos la responsabilidad de construir ese puente de manera sólida, clara y humana.












Discusión sobre el post