Fernando Mendoza Banda
Profesor del Departamento de Derecho y Ciencia Política de la Universidad Católica San Pablo
Estamos a pocos días de elegir un nuevo presidente y esta vez, como antes, diputados y senadores. Elegiremos un presidente, dos vicepresidentes, 60 senadores, 130 diputados y 5 representantes al Parlamento Andino; multiplique esta cifras por 37 y ese es el número de candidatos que pretenden un cargo en el poder ejecutivo y legislativo.
En cuanto a los candidatos presidenciales, son 35 ciudadanos que se consideran aptos y con actitud de estadistas. Sin embargo, la realidad nos ha demostrado que la mayoría son solo desconocidos ilustres o reincidentes oportunistas con ofertas populistas.
Pero, valgan verdades, cualquier ciudadano puede presentarse. Ese no es el problema. El detalle está en quienes tenemos el deber y derecho de elegir. Las personas que acceden al Congreso y a la Presidencia de la República son solo el reflejo del elector peruano promedio. Y sí, y sin enojarse, los mochasueldos, comepollos, mataperros, tránsfugas, etc., son el reflejo de sus electores. Entonces, ¡cómo no equivocarnos al momento de elegir!
Debemos saber distinguir entre el candidato estadista y el oportunista. En primer lugar, no le creamos al que se dice ser de centro; el centro no existe, o es de derecha o de izquierda, y dentro de esos dos grupos hay matices. Pero el que dice que es de centro miente y no es honesto. Esto alcanza a los periodistas, politólogos, opinólogos y demás “ólogos”; en mi caso, admito que soy de derecha. Los ciudadanos tienen el derecho de saber la tendencia del que emite una opinión o un juicio, aquí no hay neutrales, de lo contrario no deberían ser tomados en cuenta. Como dice la Biblia en Apocalipsis: “¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”.
Por otro lado, las elecciones no son un concurso de simpatía. No se trata de votar por el que me cae bien o contra el que me cae mal. Votemos por quien, de alguna manera, represente nuestros intereses, valores y principios, aunque nos caiga mal. Esos valores deben ser de respeto a la vida del inocente, la libertad y la propiedad privada.
Desde mi perspectiva ideológica —de derecha— también considero oportuno no olvidar lo que ocurrió en países como Argentina, Venezuela, Cuba y Nicaragua donde personas de izquierda, progresistas o los que se hacen llamar de centro, al ser gobierno, llevaron a sus ciudadanos a la miseria, hambre y deshumanización; y, claro, se enriquecieron ellos junto a sus familiares y amigos.
Por eso mismo, las ideas colectivistas terminan siendo cantos de sirena que solo han traído pobreza, mientras que personajes como los Chávez, Maduro, Castro, Kirchner, Ortega las utilizaron para enriquecerse a costa de la necesidad y humillación del pueblo. Solo buscaron que los ciudadanos dependieran del Estado a través de los programas sociales, y eso menoscaba las libertades mínimas de los ciudadanos.
Entonces, no votemos por simpatías o antipatías, los candidatos no compiten para ser míster o miss simpatía. Votemos por quien tenga propuestas que cuiden nuestros intereses como personas libres, que nos lleven a ser cada vez menos dependientes del Estado, que cuiden y respeten la propiedad privada, por aquellos que defiendan la vida de los inocentes y de las víctimas, y castiguen con toda severidad la delincuencia, sin remordimiento alguno.
El estadista propone un gobierno racional y de bienestar general; el populista propone un gobierno pasional y de malestar común. Votemos racionalmente, dejando las simpatías y antipatías para otras elecciones menos importantes.











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