Adriana Meza Perochena
Profesora del Departamento de Psicología de la Universidad Católica San Pablo
Hoy, comprometerse y mantener el valor de la promesa parece una tarea cada vez más difícil. En una sociedad que confunde libertad con ausencia de responsabilidad, muchos creen que prometer es perder libertad. Sin embargo, sucede justo lo contrario: el compromiso no esclaviza, sino que da forma, profundidad y sentido a la libertad. Prometer es afirmar que nuestra palabra tiene peso y que somos capaces de sostenerla en el tiempo.
Con el paso de los años, esta visión negativa sobre el compromiso ha dado lugar a una crisis que ha generado vínculos cada vez más frágiles. Muchas personas temen comprometerse por miedo a sufrir o a ser defraudadas, mientras que otras reducen sus relaciones a lo útil, lo fugaz o lo placentero, sin raíces ni proyección a futuro.
La cultura del bienestar inmediato, centrada en evitar el esfuerzo y el sacrificio, ha olvidado que es precisamente en ese terreno donde florecen los amores más auténticos. Así surge una paradoja: aunque muchos buscan relaciones estables y duraderas, no están dispuestos a asumir todo lo que ello implica.
Probablemente, la raíz de este problema sea la dificultad de prometer, es decir, decidir hoy lo que será mañana, aun cuando el futuro sea incierto. Implica usar la libertad no como simple elección del momento, sino como fidelidad a un bien elegido: quien promete demuestra que su palabra vale más que el instante. En cambio, cuando el compromiso se percibe como una carga, la promesa se convierte en algo temido y puede perder su lugar en la experiencia humana.
Ahora bien, es precisamente en el matrimonio donde la promesa alcanza su valor más alto, pues prometer amor y fidelidad para siempre no es simple romanticismo, sino un acto de entrega total, realizado en plena libertad. En ese “para siempre” reside la grandeza del amor humano: la decisión de permanecer, de luchar y de donarse más allá de las circunstancias y la incertidumbre del futuro.
Sin embargo, la mentalidad contemporánea ha vaciado de contenido esta promesa, considerando el matrimonio como algo revocable y condicionado por las emociones o la comodidad. Cuando el amor deja de “sentirse”, se disuelve y la promesa pierde su fuerza.
Las consecuencias son evidentes: si el matrimonio se debilita, también lo hace la familia y, en consecuencia, la sociedad. Esto sucede porque la familia nace de una promesa: la de amarse, permanecer unidos y abrirse al don de la vida. Cuando esa promesa se quiebra, las nuevas generaciones crecen sin la experiencia de un amor estable y fiel, aquel que forma el carácter y transmite esperanza. Así surge la idea, tan común hoy, de que uno puede bastarse a sí mismo; pero sin vínculos verdaderos, el ser humano pierde profundidad y sentido.
Por eso, recuperar el valor de la promesa es recuperar lo más humano que tenemos. Necesitamos volver a creer en el valor de la palabra dada, en el amor que permanece y en la fidelidad que construye. La verdadera libertad no consiste en hacer lo que uno quiera, sino en ser capaz de mantener y sostener el bien elegido.
En definitiva, quien huye del compromiso acaba atrapado en una libertad vacía. Sin promesas, el futuro pierde rumbo y la vida se vuelve incierta. Hoy más que nunca necesitamos volver a prometer: decir “sí” al amor que persevera, “sí” al amor y a la entrega que dan sentido, y “sí” a las promesas que nos hacen verdaderamente humanos.












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