Sara Guillén de Mazeyra
Profesora del Departamento de Educación de la Universidad Católica San Pablo
En tiempos en que se enfrentan los desafíos de una vida sin norte aparente, extremado agotamiento emocional y pérdida del sentido trascendente; volver la mirada al corazón —en el acto de educar— no solo es necesario, es urgente. La realidad reta a la educación en asumir este gran desafío: educar desde el corazón. ¿Qué hacer? ¿Cómo lograrlo? Pues transitando hacia el horizonte del cultivo de virtudes.
Las virtudes son hábitos del alma manifestados en actos buenos que perfeccionan al hombre y orientan la libertad hacia el bien, la verdad y la belleza. En ese proceso, tanto la casa como la escuela son espacios privilegiados de crecimiento y formación para educar el corazón del niño y del joven. De este modo, aprenderán a elegir lo que edifica y eleva, a resistir lo que destruye y a amar aquello que da verdadera trascendencia a la vida.
Educar en virtudes no es solo formar mentes brillantes, sino almas sensibles al bien ser y al bien estar. Esto implica orientar y despertar en los educandos la capacidad de amar. La tendencia educativa contemporánea busca reducir la educación a la eficacia, al rendimiento, a las competencias y habilidades; sin embargo, ningún currículo puede suplir la formación interior que sostiene la vida espiritual, moral, intelectual y humana a través de las virtudes.
En la antropología cristiana, el corazón es mucho más que un órgano o un símbolo romántico: es el núcleo de la persona y el asiento de las decisiones del intelecto, de la voluntad y del espíritu. No en vano la Biblia nos enseña: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida” (Prov. 4,23). Si la vida fluye desde allí, también la educación debe hacerlo.
Moldear el corazón a partir del cultivo de las virtudes es convicción, disciplina y trabajo paciente. Es crear ambientes donde reine la confianza, el diálogo y el espíritu de comunidad; donde cada palabra sea semilla fecunda y cada gesto un acto formativo. Educar en la fe es cultivar la certeza de lo que se espera y fortalecer la convicción de lo que no se ve. En la esperanza se aprende a sostener el corazón en la incertidumbre, con una confianza viva en Dios y en sus promesas.
La caridad es el amor que educa para el servicio y orienta al encuentro del otro. Desde el faro de las virtudes cardinales, la prudencia enseña a reflexionar y discernir el bien posible en cada situación; la justicia invita a reconocer la dignidad del otro; la fortaleza sostiene en la adversidad; y la templanza promueve el dominio de sí. Como dice en las Santas Escrituras: “Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo” (Ez 36,26).
Educar en las virtudes intelectuales es primordial, pues edifica las bases del pensamiento sistemático, reflexivo y crítico. Las virtudes del entendimiento, ciencia y sabiduría permiten que el educando aprenda a explorar y comprender la realidad e ir en búsqueda de la verdad con todo el corazón. En sus primeros años de educación, cultivan la curiosidad, el asombro, el diálogo y el placer por aprender estimulando el desarrollo de los hábitos intelectuales.
Santo Tomás de Aquino sostiene que “la virtud intelectual perfecciona el entendimiento para conocer la verdad” (Suma Teológica, I – II, q.57, a 1). Esto favorece el desarrollo de la persona, integrando inteligencia, voluntad y sentido ético del saber.
El obrar humano es virtuoso cuando construye relaciones justas y buenas. Tales relaciones hacen posible la aspiración humana hacia la felicidad. Ser padre de familia y/o educador exige, para formar virtuosamente, estar preparado para enseñar aquello que se ha aprendido y admirado. Parafraseando a Santo Tomás de Aquino, quien decía: “Contemplata aliis tradere”: en la educación es más elevado iluminar a otros que ver la luz solamente; y comunicar e inspirar, con el espejo del ejemplo a los demás, lo que se ha vivido y contemplado. En esa dimensión, una persona está llamada a ser virtuosa y tal estado de plenitud y contemplación se alcanza mediante los buenos hábitos y su práctica reflexiva en la cotidianeidad de la educación del corazón.
Finalmente, educar en virtudes es formar personas capaces de amar, discernir, pensar y perseverar en el bien. Hemos sido llamados y convocados a educar, una de las artes más apasionantes de la existencia, que requiere permanentemente ampliar horizontes, recomenzar y ponerse en camino de modo renovado y creativo. Parafraseando al papa Francisco, es fundamental volver el rostro hacia la niña Esperanza, esa virtud que impulsa hacia adelante, en compañía de la Fe y la Caridad.
La pequeña Esperanza avanza entre sus dos hermanas mayores porque es infatigable, como los niños que encontramos cada día a nuestro alrededor. Así, en la educación de los hijos y alumnos se puede lograr que ellos, al encontrarse con la verdad, puedan exclamar como Job: “Antes te conocía de oídas, pero ahora te han visto mis ojos” (Job 42,5). Esa será nuestra mayor satisfacción: educar desde el corazón a partir del cultivo de las virtudes.











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