Carlos Timaná Kure
Director del Centro de Gobierno de la Universidad Católica San Pablo
Cuba está a punto de colapsar. Su economía se encuentra en un estado crítico debido a la interrupción del suministro de crudo venezolano, su principal fuente energética.
La economía cubana nunca ha sido una panacea. Si bien en el pasado logró mostrar coberturas importantes en salud y educación, estos resultados se alcanzaron con el auspicio de la extinta Unión Soviética. Tras su disolución, en la década de 1990, la isla entró en una profunda crisis que Fidel Castro logró paliar con el apoyo de Hugo Chávez y el suministro de petróleo venezolano.
Se estima que el 89 % de la población se encuentra en situación de pobreza extrema. Desde la pandemia de la COVID-19, cerca de un millón de cubanos —el equivalente al 10 % de la población— han emigrado, en su mayoría jóvenes. El ingreso per cápita se sitúa en 13 dólares mensuales y siete de cada diez habitantes han dejado de percibir al menos una de las tres comidas diarias.
A lo anterior se suma que, incluso antes de la captura de Maduro, el envío de crudo venezolano ya no lograba abastecer la demanda interna. La isla venía sufriendo cortes de energía eléctrica de entre doce y veinte horas diarias, los cuales se han intensificado desde enero pasado.
Asimismo, desde esta semana, algunas aerolíneas han dejado de volar a la isla debido al desabastecimiento de combustible, lo que golpea al turismo, uno de los principales pilares de la economía cubana. A ello se añade que Trump aún guarda un as bajo la manga: prohibir el envío de remesas desde Estados Unidos, una medida aplicada en el pasado que dejaría a la isla sin una fuente clave de divisas.
La estrategia trazada por Marco Rubio es clara: generar las condiciones necesarias para que Díaz-Canel negocie su salida del poder en el menor tiempo posible.












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