Jorge Aliaga Gutiérrez
Profesor del Departamento de Educación de la Universidad Católica San Pablo
Recordemos una obra de arte que expresa la realidad en todos sus sentidos: La Piedad de Miguel Ángel, ubicada en una de las capillas de la Basílica de San Pedro en el Vaticano, donde se observa el dolor de una madre ante una inmensa pérdida. Ante esta imagen, se viene a la mente el poder de la educación, el papel de los maestros en la formación de tan ilustre personaje, y la capacidad de este para representar tan insigne obra. También resalta el tipo de conocimiento que predominó en esa formación, el caminar pedagógico que se ha seguido, así como el inicio de todo el quehacer educativo. Es importante reconocer la realidad educativa de aquel entonces, marcada por discursos modernizadores, pero también por desigualdades, similares a las que persisten en nuestro sistema actual.
Educar, desde el aspecto epistemológico, ontológico y real del término, significa ir por un “camino estrecho pero seguro”, como lo afirmara santa Teresita del Niño Jesús. Por un lado, tenemos la urgencia de garantizar aprendizajes reales y reflexionados; por otro, un contexto aglomerado de desigualdad, incertidumbre política y demandas pedagógicas complejas. Quienes formamos parte de las aulas reconocemos que no basta con la presencia de numerosos estudiantes, lo que importa es que reflexionen, reconozcan, analicen y desarrollen una propuesta que los ayude a crecer como personas.
Gracias a informes de pruebas estandarizadas a nivel mundial y organizaciones dedicadas al análisis de la educación y la cultura, se sabe que una gran cantidad de estudiantes no comprende lo que lee, no logra el nivel básico en matemática, entre otras actividades cognitivas que evidencian deficiencias, generando así una llamada crisis del aprendizaje. A esta carga se suma el aspecto emocional, hoy el docente cumple una función de consejero, mediador, gestor y contenedor emocional, tanto de estudiantes como de familias, funciones que se aceptan, pero cuyo valor no se ve reflejado en políticas o condiciones laborales.
Hay que reconocer entonces que la educación moderna está copada de ejercicios no naturales que saturan, sobreestimulan y distraen. Los estudiantes precisan profundidad en la experiencia formativa que se les brinda, partiendo de la reflexión y el discernimiento, sobre todo en las primeras etapas de la formación básica. Es necesario detenernos, mirar todo lo que está alrededor y reconocer que “lo bello es aquello que despierta nuestro asombro sin imponerse. Lo que se mira con calma, con silencio, con atención” (L’Ecuyer, 2012). Este es el camino seguro para construir el camino del vínculo educativo. Nuestra realidad diversa ofrece la oportunidad de educar en la verdad y la contemplación de lo natural, a través de la experiencia en concreto.
Se realza así una pedagogía centrada en la persona, donde se toma como eje la formación humana de manera inseparable de la formación académica, en palabras de Ruiz Sánchez, “la educación es un acto profundamente relacional: no se enseña algo, se enseña a alguien”. Por tanto, educar es acompañar en el proceso de una maduración afectiva, moral y espiritual, dado que la persona no se reduce solo a sus competencias, sino que es vida y debe orientarse en todos los aspectos que ello implica.
Tomarse un tiempo, dejar de lado lo urgente para pensar y actuar en lo importante, son enfoques que recuerdan lo esencial de los vínculos, la humanidad y el sentido pleno; sin ellos no hay un aprendizaje verdadero y adecuado.
Se avanza y se retrocede al analizar la realidad. Hay leyes que han favorecido estos procesos, como el aumento del tiempo pedagógico o las mejoras salariales, pero a su vez, existen otros factores preocupantes, como el descuido y la escasa protección de la persona, transgrediendo lo natural. La escuela no puede hacer oídos sordos a los atentados contra el principio de dignidad de toda persona, a la violencia que sufren los estudiantes ni a la inadecuada moral y ética de las familias.
La modernidad en el campo educativo no se limita al uso de la inteligencia artificial, la acumulación de dispositivos digitales o el manejo de un vocabulario técnico. Se trata de reconocer profundamente la realidad escolar y construirla en coherencia con la dignidad de la persona, de los estudiantes y de toda la comunidad educativa. En otras palabras, como afirman autores anteriores: educar para la plenitud del ser humano, plenitud que implica rescatar el asombro, fomentar el encuentro humano y valorar la belleza, formando criterio y reflexión.
Educar en nuestra realidad es difícil; no es un camino amplio, sino estrecho. Sin embargo, existe una certeza que es el pilar fundamental de los educadores de todos los tiempos, como decía Don Bosco, “la educación es cosa del corazón”. Ningún método, estrategia o digitalización sustituirá el acercamiento, la confianza y el respeto por la persona o el educando, dando sentido a la esperanza educativa. En ello reside el sentido de la esperanza educativa, y quizá en ese contexto nazca la posibilidad de construir el país que anhelamos.











Discusión sobre el post