Carlos Timaná Kure
Director del Centro de Gobierno de la Universidad Católica San Pablo
A menos de dos semanas de acudir a las urnas, la campaña electoral peruana avanza sin pulso. Pese a una oferta récord de 35 candidatos, el elector parece más desorientado que entusiasmado. La abundancia, en este caso, no ha traído competencia, sino ruido.
Los debates organizados por el Jurado Nacional de Elecciones han cumplido una función básica: poner voz a los rostros que saturan postes y pantallas. Pero su formato —inevitablemente comprimido— ha impedido algo más ambicioso: el contraste real de ideas. Con tantos participantes, no hay espacio para la profundidad ni, por tanto, para vencedores claros.
Sí ha habido, en cambio, derrotas visibles. César Acuña quedó expuesto en un intercambio particularmente áspero, amplificado luego por la sátira televisiva y las redes sociales. En una campaña en la que el contenido escasea y los momentos virales terminan sustituyendo al debate sustantivo.
El problema de fondo es más serio: un déficit de liderazgo. Ningún candidato logra articular una narrativa convincente sobre los problemas del país, ni mucho menos sobre cómo resolverlos. El discurso público permanece atrapado en generalidades y promesas recicladas. Sin visión, no hay tracción.
Paradójicamente, las encuestas sugieren un Congreso fragmentado, pero manejable, con alrededor de cinco bancadas relevantes. Ello podría ofrecer, por primera vez en años, una ventana de gobernabilidad suficiente para completar un mandato presidencial. Es un consuelo institucional en medio de la apatía política.
Los próximos días serán intensos. En el Perú, la historia reciente aconseja cautela: siempre cabe la irrupción de un outsider de última hora. Pero incluso si aparece, la pregunta persiste: ¿podrá convertir sorpresa en liderazgo real?











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