José Jerí y la ilusión del cambio

Carlos Timaná Kure
Director del Centro de Gobierno de la Universidad Católica San Pablo

La llegada de José Jerí a la presidencia fue recibida con un optimismo cauteloso. En un país exhausto de sobresaltos políticos, su ascenso ofrecía una pausa, acaso un respiro. Las denuncias por un repentino incremento patrimonial desde su etapa como congresista, las críticas de su antiguo aliado —el expresidente Martín Vizcarra— y los cuestionamientos a su comportamiento en redes sociales no parecieron afectar mayormente su imagen. Una estrategia de comunicación disciplinada y eficaz le permitió construir algo inusual en la política peruana reciente: una aparente estabilidad.

Esa construcción, sin embargo, resultó endeble. La revelación de visitas no registradas al empresario chino Zhihua Yang activó una memoria colectiva que el país conoce demasiado bien. Las comparaciones fueron inevitables: la casa de Breña y las visitas nocturnas del presidente Pedro Castillo y el vacunagate de Martín Vizcarra. En el Perú, los escándalos no se analizan de forma aislada: se encadenan. En pocos días, Jerí dejó de representar una excepción para convertirse en una continuidad.

Sus intentos de defensa agravaron la situación. Respuestas desordenadas, explicaciones poco convincentes y una transmisión en redes sociales en la madrugada del domingo pasado proyectaron más nerviosismo que liderazgo. En lugar de despejar dudas, reforzaron la percepción de un presidente acorralado.

El daño está hecho y no existen atajos claros para revertirlo. Sin embargo, la política peruana rara vez ofrece finales concluyentes. El hecho de que no prosperara la censura de la mesa directiva revela menos que una defensa cerrada de Jerí que el clima electoral imperante: congresistas concentrados en su propia supervivencia, más atentos al cálculo político que al escrutinio público. El resultado es familiar. Ante la incertidumbre, se impone el pragmatismo resignado del “mejor malo conocido que bueno por conocer”.

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