Carlos Timaná Kure
Director del Centro de Gobierno de la Universidad Católica San Pablo.
La semana anterior tuvieron lugar en Irán las mayores protestas populares contra el régimen de los ayatolás. Miles de personas salieron a protestar contra el gobierno y la inflación que tiene al país sumido en una de las peores crisis económicas de los últimos tiempos. La represión del ejército, la policía y los grupos paramilitares afines al gobierno ha sido brutal, se habla de más de 12 mil muertos –según algunas ONG– en dos semanas y se esperaban cerca de ochocientas ejecuciones por parte del gobierno contra líderes de las protestas en los próximos días, aunque, hasta el momento de escribir esta columna, fueron suspendidas.
Si bien el régimen de Irán es muy parecido al de Venezuela, se trata de una cúpula gubernamental más compacta, aliada de forma incondicional con unas FF.AA. mejor organizadas que conservan un control más eficiente y, por lo tanto, más brutal sobre la población. Se diferencian en la fe de sus dirigentes, en la misión religiosa que tienen en la historia y, a diferencia de la guarida de ladrones de Caracas, cuentan con un aparato estatal eficiente –es alto el nivel de profesionalismo que poseen los iraníes en general– y la inexistencia de una oposición unificada como la de María Corina Machado.
El desenlace no parece claro; pensar en una incursión aérea de EE.UU., como ocurrió hace unos meses, es improbable en estos momentos. El más interesado en un cambio en Irán es Israel, que promueve al heredero del sha de Persia, Mohammad Reza Pahlavi, pero que es una figura que no aglutina a la oposición y tampoco convence a Trump. De esta forma, Irán parece atrapada en un equilibrio perverso: una población que quiere cambio y un Estado que aún sabe cómo impedirlo.
