Juliana Santos Do Santos
Profesora del Departamento de Ingenierías de la Industria y el Ambiente de la Universidad Católica San Pablo
La realidad de la huella hídrica gris (HHG) debería resonar en cada hogar peruano con la fuerza de una alarma ineludible. Este concepto, que mide el volumen de agua dulce que contaminamos y que, por lo tanto, debe diluirse para volver a ser utilizable, nos enfrenta a un problema de escala monumental: la HHG directa de los usuarios de Lima Metropolitana en 2018 duplicó el volumen anual de agua que del río Rímac.
Esta cifra no solo refleja el impacto del mal uso del agua en las actividades diarias, sino que simboliza la presión real sobre el recurso hídrico, donde el resultado final es ineludible: menos personas tienen acceso a agua potable en sus casas. Como química ambiental e investigadora en tratamiento de aguas, considero urgente que cada individuo tome conciencia del impacto que genera diariamente y se convierta en el protagonista de la solución.
El problema de la HHG es que nos empuja hacia el estrés hídrico y la escasez de agua. La HHG se alimenta de actos cotidianos y de la falta de conciencia: como cepillarse los dientes con el caño abierto, jabonarse en la ducha sin cerrar la llave o usar el agua potable de manera irreflexiva para lavar autos o ropa varias veces a la semana. Al actuar así, cada uno de nosotros se convierte en un contribuyente directo e indirecto al aumento de esta HHG. Es crucial entender que, al contaminar y requerir más agua para diluirla, estamos comprometiendo el acceso de otros.
Como investigadora, he dedicado mi trabajo a desarrollar soluciones circulares y sostenibles para mitigar los contaminantes en el agua. La buena noticia es que, así como el problema es generado por acciones individuales, la solución también lo es. Al adoptar actitudes más asertivas sobre cómo gestionamos el agua, podemos transformar los impactos negativos (escasez) en efectos positivos: una mayor concientización, una mejor gestión del recurso, reducción de la contaminación y, fundamentalmente, más agua potable para todos.
La necesidad de concientización la vivo en casa. Hace un tiempo, vi a mi hija Isabel, de seis años, cepillándose con el caño abierto. Le expliqué que ese desperdicio era un lujo que no podíamos permitirnos, ya que muchas familias no tienen agua en sus hogares. Le regalé un pequeño vaso de plástico para que lo usara al cepillarse y le encantó. Hoy en día, ella misma exige a sus hermanos mayores que cierren el caño al verlos desperdiciar el agua.
Esta anécdota tan sencilla nos enseña que el cambio comienza con un gesto, con un objeto pequeño, con una buena práctica de uso del agua que se vuelve hábito. La información debe llegar a la sociedad para que cada individuo adquiera el conocimiento necesario y se convierta en protagonista de la reducción de la HHG. No se trata de grandes planes gubernamentales, sino de ese gesto diario que, multiplicado por millones, nos permitirá revertir la deuda de dilución de nuestros ríos.
