Cualquiera con algo en la cara

Renato Sumaria del Campo 
Periodista

Acabo de ver Vida y pasión de Santiago el Pajarero, cuento de Julio Ramón Ribeyro que la asociación Integrarte ha versionado libremente para teatro, bajo la dirección de Mauricio Rodríguez–Camargo. No tengo el ánimo de ‘spoilear’ la obra, en serio. Aunque tal vez sí, un poquito, solo para que vayan a verla y para darle sentido a esta reflexión.

Santiago es un ciudadano limeño de la época de la colonia. Es también un aficionado a las aves y está empecinado en la posibilidad de volar. Así, se embarca en idear un invento que le permita al ser humano surcar los aires. Lo presenta ante el virrey y este lo ignora haciendo gala de un espíritu envanecido por su imagen y desinteresado en cosas que puedan significar un cambio positivo en la vida de las personas.

Y he aquí el spoiler. Este virrey vanidoso y corrupto es representado por cualquier actor del mismo elenco que lleva la cara envuelta con un trapo. La explicación del director deja una dolorosa constatación: el prototipo de gobernante peruano es así. “Es cualquiera con algo en la cara”. ¡Pum!

Si miramos la política local y nacional, podemos converger en la misma constatación: desde hace 30 años (o tal vez más) llegan al poder personajes cualesquiera, amortajados con falsos perfiles de honestidad que esconden la podredumbre de un muerto.

Alcaldes y gobernadores detenidos por pertenecer a bandas criminales, congresistas que se quedan con el sueldo de sus asesores, ministros negociantes de favores políticos, presidentes acusados de lavado de activos, entre otros. Todos son como el virrey de la obra: cualesquiera con algo en la cara.

Vienen elecciones regionales y municipales. La experiencia política reciente nos ha dejado con poca esperanza, pero con la certeza de que necesitamos un cambio. ¿Dónde rayos están los buenos cuando más los necesitamos?

Mientras responden, hagamos algo: seamos ciudadanos responsables. La honestidad, la búsqueda del bien común, la transparencia y todas aquellas cosas que les pedimos a los políticos deben ser moneda corriente también en nuestras propias vidas. Hagamos el bien. No le regalemos el país a los corruptos.

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