Día del Libro Infantil: el mejor mapa para el corazón de un niño

Jessica Valencia Vásquez
Profesora del Departamento de Psicología de la Universidad Católica San Pablo

La poeta Emily Dickinson descifró la arquitectura de la mente infantil al escribir “que para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro”. Esta frase, más que una metáfora, es una verdad clínica: el libro es el primer vehículo de autonomía para un niño.

Hoy 2 de abril, al conmemorar el natalicio y el legado de Hans Christian Andersen, celebramos el Día Internacional del Libro Infantil. Esta iniciativa, promovida por el International Board on books for Young People, reúne cada año a un país que a través de un escritor y un ilustrador dan voz e imagen a la infancia del mundo.

Estoy convencida de que la literatura debe ofrecer al niño, acceso a un sentido profundo, donde el intelecto y la sensibilidad se entrelazan. Así por ejemplo, cada cultura debe contemplar al niño como alguien que siente, imagina y construye su mundo interior.

En esta variedad de voces, la experiencia trasciende lo cognitivo: es un acto de validación donde el niño crece en su capacidad de comprenderse a sí mismo y, por extensión, a los demás. Mientras Japón cultiva la contemplación y Francia e Italia educan el gusto por la belleza; en Suecia, la literatura infantil reconoce la complejidad emocional del niño: una esfera psíquica capaz de procesar los matices y las contradicciones de la realidad. En México, Brasil, Colombia o Argentina, la literatura infantil es un acto de resistencia y memoria. Leer en nuestra región es afirmar la identidad y las raíces, transformando el relato en un cordón umbilical que une al niño con su comunidad.

Este 2026, el país elegido es Chipre, y por primera vez, tanto el mensaje como la imagen fueron elegidos por los propios niños con la temática titulada: “Planta historias y el mundo florecerá”, enfatizando la necesidad de cultivar hábitos de una vida más respetuosa con el medio ambiente.

Todas estas iniciativas, resaltan el llamado más profundo que, como sociedad, no podemos ignorar: escuchar, comprender y respetar la voz de cada niño en cada nación. En ese acto de escucha, se gesta una forma de validación emocional y cultural, donde el acceso al arte, la cultura y la literatura se convierte en una necesidad vital para el desarrollo de su mundo interno. Hoy, más que un recurso escolar, el libro reclama un lugar sagrado en el hogar; ese espacio íntimo donde la imaginación y el lenguaje forjan sus primeros vínculos indestructibles.

Como señala Irene Vallejo: somos guardianes de palabras que viajan por el tiempo. Nuestra misión en las aulas y hogares es asegurar que esos relatos lleguen a su destino: las manitos pequeñas y el corazón de un niño. Si el paraíso es una biblioteca, como soñaba Borges, nuestro deber es abrir sus puertas de par en par. Porque al final, un niño que lee es un adulto que piensa y, sobre todo, un ser humano que sabe quién es.

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