María Elena Ortiz Ramírez
Profesora del Departamento de Psicología de la Universidad Católica San Pablo
Lo que hasta hace poco era una decisión familiar, hoy se perfila como una cuestión de salud pública: el uso de smartphones y redes sociales antes de los 13 años aumenta significativamente el riesgo de trastornos emocionales, cognitivos e interpersonales en los adolescentes.
Investigaciones recientes, incluyendo estudios de Sapien Labs y el Journal of Human Development and Capabilities, coinciden en esta advertencia. Ante este panorama, los expertos proponen establecer los 13 años como la edad mínima de acceso a dispositivos personales y plataformas sociales para proteger el desarrollo cerebral y emocional de la infancia.
La preocupación se centra en el momento crítico del desarrollo en que se introduce esta práctica. Entre los 8 y los 13 años, el cerebro atraviesa una fase de maduración acelerada, especialmente en el córtex prefrontal, el área encargada de la atención sostenida, la autorregulación y el control de impulsos. Los dispositivos, con su flujo constante de notificaciones, “me gusta” y gratificación inmediata, interfieren directamente con la consolidación de estas habilidades esenciales para la vida adulta.
Desde la neurociencia se ha demostrado que la exposición temprana a plataformas sociales altera los circuitos de dopamina, reforzando conductas adictivas. A largo plazo, esta dinámica no solo incrementa la vulnerabilidad a la ansiedad, la depresión y los trastornos del sueño, sino que también distorsiona la autopercepción y la autoestima en una etapa crítica de construcción de identidad.
He visto a adolescentes medir su valor en función de los “me gusta” o de los seguidores; cuando esa necesidad de aprobación se vuelve dependiente de una pantalla, el riesgo es enorme.
El impacto no se limita al ámbito individual. La escuela también resiente estos cambios. Docentes de distintos países reportan un aumento en los problemas de atención, una menor tolerancia a la frustración y un deterioro general en la convivencia escolar.
El rendimiento académico —entendido como la capacidad de concentrarse y mantener el esfuerzo— se ve afectado. En paralelo, se observa una reducción de la creatividad: menos juegos imaginativos, menos resolución de conflictos cara a cara y más aislamiento digital.
Retrasar el acceso a la tecnología no es tecnofobia, sino una decisión informada basada en evidencia científica. La verdadera innovación educativa no consiste en digitalizar la infancia, sino en acompañar su desarrollo de manera saludable. Proteger el cerebro en formación es, en última instancia, una inversión en el bienestar colectivo del futuro.
Ser padre en estos tiempos significa tomar decisiones que antes nadie tuvo que plantearse. Decir «no» a un móvil en la infancia no es un retroceso, es un acto de amor. Porque cuidar es, muchas veces, tener el valor de ir contra corriente.
