Una aparente coincidencia

Una aparente coincidencia

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Max Silva Abbott
Doctor en Derecho

Si se observa la evolución que han tenido los diferentes países de nuestro continente en materias de la llamada ‘agenda progresista’ (aborto, identidad de género, matrimonio homosexual, etc.), es imposible no quedar sorprendido por la similitud de los procesos que se han vivido en unos y otros. No puede tratarse de una mera coincidencia.

En efecto, la raíz del problema radica en que todas estas materias son consideradas como los ‘nuevos derechos humanos’, que poco o nada tienen que ver con los tradicionales (vida, igualdad ante la ley, libertad de conciencia y de opinión, etc.), todo lo cual les estaría dando una aparente legitimidad, pues ¿quién podría estar hoy contra los derechos humanos?

Si se mira con más atención, se descubre que prácticamente ninguno de estos ‘nuevos derechos’ se encuentra consagrado en los tratados internacionales vigentes. ¿De dónde han surgido, entonces?

Del trabajo de comisiones y comités creados por los tratados de derechos humanos para tutelarlos. Lo anterior ha hecho que, facultados o no para ello, estos organismos hayan monopolizado la interpretación de los tratados a los que en teoría sirven. De esta manera, mediante sus dictámenes, han manipulado e incluso modificado estos documentos, al ser considerados ‘instrumentos vivos’, que deben ir adaptándose a las circunstancias actuales al momento de ser interpretados.

Con todo, ninguno de estos dictámenes tiene fuerza vinculante para los países que han suscrito los tratados que, a su vez, han dado vida a estos comités o comisiones (es decir, son soft law internacional); aunque estos organismos hagan lo imposible por hacernos creer lo contrario.

Hay que ser muy claros: los actuales ‘derechos humanos’ han sido monopolizados por organismos internacionales que pretenden imponerlos en nuestros países. La composición de estos suele ser desconocida para la opinión pública y, además, ellos no son controlados por otros organismos ni responden ante nadie, todo lo cual hace que su carácter antidemocrático y cupular resulte evidente. ¿Seguiremos haciéndoles caso?

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