La formación moral del político

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Gonzalo Banda Lazarte 
Analista político

Después de reconstituir la democracia y algunas instituciones tras la caída de Alberto Fujimori, pocos se dieron cuenta de que en esa aparente calma se acunaba el terreno fértil para más de una década de corrupción.Parecía que la democracia en el 2001 nos traería una nueva era de prosperidad aunada al pujante crecimiento económico, pero no nos dimos cuenta de que las bases de las principales instituciones eran muy frágiles y estaban sometidas a todos los vicios posibles.

La democracia no hizo inmaculados los gobiernos, los obligó a asumir —casi sin crítica— procesos de progreso económico, licitaciones y obras, donde cundieron fondos y arreglos, aprovechando vacíos de poder y llenando bolsillos.

Por ello, es importante preguntarse qué hay detrás de la corrupción. ¿Hay acaso una crisis de instituciones? Sí. ¿Hay acaso una crisis en los cuadros de partidos políticos? Sí. Y hay estudios que demuestran que la ausencia de incentivos para cumplir con la legalidad permite que la corrupción crezca. Pero fundamentalmente la corrupción es un mal de las personas que deciden recibir un incentivo para favorecer una licitación o abreviar un trámite. Y el mal es un problema moral que debe abordarse, precisamente, desde la filosofía moral.

Ya en el siglo XIII, el dominico Vincent de Beauvais había escrito el Tratado sobre la formación moral del príncipe, a petición de Teobaldo II, rey de Navarra y yerno de Luis IX de Francia, con el fin de contribuir a la regeneración moral de la clase política francesa. En esa publicación se aborda la formación del gobernante ideal y la formación de aquellos que participan en la administración pública.

Se trataba, pues, de una visión unitaria que conducía a una filosofía práctica que, si bien estaba orientada a la salvación del alma, no resultaba un obstáculo para entender y desarrollar comportamientos virtuosos en los políticos.

La formación moral prepara a los hombres, incluso a los políticos, para los retos que la vida misma emprenderá. Un político que ha sido moralmente formado no se dejará seducir por los mareantes números de una cuenta bancaria o por las vacaciones paradisíacas, sino que pondrá su estimación en el servicio que ha hecho de cara al bien común.

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