La educación católica

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Monseñor Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa

En representación del Arzobispado de Arequipa he firmado un Convenio de Cooperación Interinstitucional con la Autoridad Autónoma de Majes (Autodema), en virtud del cual esta entidad nos ha cedido un terreno en la zona de El Pedregal para construir la nueva sede del colegio parroquial Sagrada Familia, de modo que, dentro de poco tiempo, cada año podremos recibir en ese colegio a más de 1 700 alumnos en lugar de los 311 que recibimos actualmente.

De esa manera, atenderemos el pedido de los padres de familia que, cada vez en mayor número, presentan a sus hijos para que nosotros los formemos. Al mismo tiempo, fortaleceremos nuestra cooperación con el Estado en el ámbito de la educación escolar, que es fundamental para el presente y el futuro de nuestra región y del país, porque no solo formaremos buenos católicos, sino también ciudadanos capaces de contribuir de modo responsable al bien común de la sociedad.

No en vano el artículo 50.° de la Constitución Política de nuestra nación reconoce a la Iglesia Católica como “elemento importante en la formación histórica, cultural y moral del Perú”.

La primera responsabilidad en la educación de los niños y los adolescentes corresponde a sus padres y debe comenzar en el hogar; pero para que los padres puedan realizar rectamente su misión de educadores requieren de la colaboración del Estado y de diversas instituciones presentes en la sociedad, entre las cuales siempre ha destacado la Iglesia Católica.

Como dice el Concilio Vaticano II: “La Iglesia, como Madre, está obligada a dar a sus hijos una educación que llene toda su vida del espíritu de Cristo, y al mismo tiempo ayuda a todos los pueblos a promover la perfección cabal de la persona humana, incluso para el bien de la sociedad terrestre y para configurar más humanamente la edificación del mundo” (GE, 10).

En este sentido, la escuela católica cultiva las facultades intelectuales de sus alumnos, les ayuda a desarrollar el recto juicio, los introduce en el patrimonio cultural local, nacional y universal, promueve en ellos los valores, fomenta la amistad y la mutua comprensión.

Todo eso en un ambiente evangélico que, sin imponer la fe, hace posible que los alumnos cuenten con los medios necesarios para que, en la medida en que van adquiriendo los conocimientos sobre las distintas materias curriculares y desarrollando diversas habilidades, crezca también en ellos la gracia bautismal.

En el entorno tecnolíquido y relativista de nuestros días, resulta cada vez más urgente la necesidad de brindar a las nuevas generaciones una sólida formación escolar tanto en la dimensión académica como en la física, la cívica y la moral, porque como ha escrito el Papa Francisco, “una buena educación escolar en la temprana edad coloca semillas que pueden producir efectos a lo largo de toda una vida” (LS, 213).

Ante ciertas corrientes que promueven lo efímero y lo utilitarista, así como ante la fragmentación del saber, urge impulsar un trabajo interdisciplinario, basado en la recta relación entre razón y fe, que sea capaz de brindar una educación integral a través de la cual se transmita una adecuada antropología y cosmovisión, a partir de la integración de las diversas dimensiones del ser humano y de la entera creación.

Con esa finalidad, el humanismo cristiano, abierto al Absoluto, es una buena guía para la construcción de una sociedad más justa y solidaria. Las verdaderas revoluciones, ha recordado el Papa Francisco en Colombia, no son las ideológicas sino las evangélicas.

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