La Arequipa de todos

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Renato Sumaria Del Campo
Director del quincenario Encuentro

Arequipa es una ciudad con fisuras sociales sin atender. Una de ellas —tal vez la más grave y dolorosa— es este ‘racismo chauvinista’ que culpa al inmigrante de todo lo malo que nos ocurre.  Tamaña discriminación se funda en el absurdo de que el amor por la tierra es exclusivo del ‘verdadero arequipeño’, incapaz de hacer algo en contra de su ciudad.

Lo cierto, sin embargo, es que existen inmigrantes que cuidan Arequipa mejor que varios arequipeños; y ‘arequipeños de pura cepa’ que no tienen reparos en orinar en los muros del monasterio de Santa Catalina o estacionar sus autos en zonas rígidas, confabulando contra el ornato del entorno que dicen defender.

Más allá de esta comparación, todo indica que quienes menosprecian al forastero han dejado pasar varios años de ciudad durmiendo parejo en los brazos del crecimiento económico con el que se vieron beneficiados. Hoy, que la situación no anda tan bien, no solo despiertan asustados por los colores que matizan el rostro actual de Arequipa, sino que intentan defender una identidad que jamás se preocuparon en conocer a profundidad y mucho menos en difundir para integrar al inmigrante en lugar de excluirlo.

Eso sí, mantienen un espíritu orgulloso y telúrico, que al no tener soporte intelectual resulta inevitablemente en violencia verbal y agresividad injustificada hacia quienes eligieron nuestra tierra para hacer sus vidas.

Por eso, urge una nueva reflexión en torno a eso que se conoce como ‘identidad arequipeña’, rodeada de costumbres y tradiciones traídas por gentes de otras regiones; pero amparada en un valioso patrimonio permanente que es, entre tantas cosas, mestizo, religioso y auténticamente cívico. Además, este patrimonio ha ido configurando una forma de vida particular que se expresa en ciudadanos más bien integradores, creyentes y revolucionarios en pos de la verdadera justicia antes que del barullo violentista.

Resulta complicado encontrar banderas comunes. Arequipa es hoy un entramado muy complejo de voces que no hallan mecanismos para canalizar adecuadamente sus opiniones. Y aun así, en la ciudad se respira un aire de nostalgia por eso que llamamos reconciliación social. Un entendernos y perdonarnos entre todos con vistas a vivir en paz. ¿Alguien estará dispuesto a dar el primer paso para lograr ese objetivo?

Ojalá que estos días de aniversario nos permitan recordar la importancia de los espacios de diálogo sincero, donde la discrepancia jamás desencadene menosprecio hacia alguien que es tan hijo de esta tierra como uno. No renunciemos a la búsqueda del bien común.

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