Después de la tormenta, la calma. ¿Y después?

Después de la tormenta, la calma. ¿Y después?

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Juan Carlos Eguren
Excongresista

Luego del cambio de presidente de la República y el equipo ministerial, ha venido un periodo de calma política que lleva casi dos meses. Esto es bueno, pero insuficiente porque aun cuando la calma es condición necesaria para la estabilidad del Gobierno, no alcanza para despertar las energías vitales de los inversionistas y los consumidores: la economía requiere señales claras de confianza y optimismo para desplegar las potencialidades del país, por mucho tiempo entrampadas.

Los discursos, los viajes y los baños de popularidad se agotan rápidamente; son como una ráfaga de viento fresco en un desierto caluroso, pero una vez que pasan, el calor agobiante y la falta de agua, alimento y sombra terminan imponiendo la frustrante realidad.

El Gobierno está obligado por su propia subsistencia a transformar los discursos en hechos, los viajes en inauguraciones y los análisis y revisiones en afirmaciones seguidas de realizaciones.

¿Hasta cuándo estará en revisión la concesión de exploración de pozos petroleros en el litoral? ¿Cuándo se iniciará el diálogo para otorgar la licencia de construcción del proyecto Tía María? ¿Cuándo se iniciará la construcción del aeropuerto en Cusco? ¿Cuándo se definirá el futuro del Gaseoducto del Sur o la reconstrucción en el norte? ¿Cuándo quedará zanjada la estéril discusión sobre peajes? ¿Cuándo se autorizará la venta de Olmos y la Hidroeléctrica de Chaglla para reiniciar la cadena de pagos? ¿Cuándo se reanudarán los trabajos del proyecto Majes-Siguas? ¿Cuándo se firmarán las decenas de adendas pendientes que permitan destrabar los proyectos paralizados? Y podemos seguir con un largo etcétera de preguntas.

El tiempo pasa y la paciencia se agota. La ‘luna de miel’ de esta segunda etapa del periodo gubernamental está terminando y con ella, la ‘calma’. Si no se aprovecha el momento actual, la aprobación del Gobierno seguirá en caída, se notará el fustán de su debilidad y la calle comenzará a mostrar su descontento. Y, por cierto, el ansiado crecimiento de la inversión pública y privada que genera empleo y reactivación será otra oportunidad perdida.

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