¿Qué pasa con el Perú?

¿Qué pasa con el Perú?

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Monseñor Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa

El título es la pregunta que el papa Francisco nos hizo a los obispos del Perú cuando, en su visita de hace unos meses a nuestro país, hablamos con él sobre la corrupción vinculada al caso Lava Jato. ¿Qué pasa con el Perú? es la pregunta que, con más fuerza aun, surge en nuestra mente y en nuestro corazón al conocer el altísimo grado de corrupción que afecta a las instituciones encargadas de tutelar la justicia en nuestra nación y que involucra también a funcionarios del Poder Ejecutivo y el Congreso.

El Diccionario de la lengua española define la palabra ‘corromper’ como “alterar y trastrocar la forma de algo; echar a perder, depravar, dañar, pudrir; sobornar a alguien con dádivas o de otra manera; pervertir o seducir a alguien; estragar, viciar”. Y la palabra ‘corrupción’ la define como “la utilización de las funciones y medios de las organizaciones, especialmente las públicas, en provecho de sus gestores”. Eso y más es lo que está pasando en nuestro Perú.

En lugar de gestionar a favor del bien común la potestad que se les confiere, los funcionarios públicos corruptos la usan para satisfacer sus ansias de poder, dinero y placer, sin importarles destruir a los demás, sea impidiendo que una persona suba en el escalafón conforme lo merece o absolviendo a un violador de menores, o para beneficiar a otros a cambio de un soborno. Solo el escribirlo da náuseas.

¿Cómo podemos librarnos de este virus social? No basta solo con reformar estructuras o cambiar funcionarios. Mientras no vayamos a la raíz, cambiarán los nombres pero el virus rebrotará como un cáncer. La corrupción es consecuencia de la pérdida de valores morales y esta es un fruto podrido del utilitarismo, que san Juan Pablo II calificó como “una civilización de las cosas y no de las personas, una civilización en la que las personas se usan como si fueran cosas”.

La raíz del problema es que el hombre ha perdido su identidad, se entiende mal a sí mismo y termina contradiciendo su realidad. De esta manera, al constituirse en el único ‘señor’ de su propia vida y no aceptar que por su naturaleza humana debe someterse a ciertas leyes morales, termina perdiendo su dignidad y cosificando a los demás.

Es urgente revisar ese estilo de vida hedonista, consumista e individualista que se ha introducido en nuestra sociedad. Esto solo será posible devolviendo a Dios el lugar que le corresponde en la esfera pública, porque solo en Él el hombre puede conocerse cabalmente y encontrar un sólido fundamento moral, objetivo y trascendente, capaz de sostener una vida virtuosa y una sociedad en la que reinen el bien y la verdad.

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